viernes, 25 de octubre de 2013

ELEFANTE PSI


ELEFANTE PSI FOTO


ELEFANTE PSI


A Javier le encantan los animales pero en donde vive no tiene lugar para mascotas y mucho menos para un elefante. Desde chico siempre le gustaron los elefantes. Es más, en el barrio en que vive no se ven animales. Algo rarísimo. Muchas familias y numerosas no tienen ni perros ni gatos.

De chico cuando leía “El principito” se enojaba porque un elefante estaba dentro de una boa. Y se la pasaba dibujando elefantes que aplastaban boas. Le gustaba dibujar todo tipo de animales.

Ayer estaba leyendo nuevamente El principito y miraba el muro blanquecino, casi impoluto que está a pasitos de la placita de su barrio varelense. Piensa lo aburrido que es mirar por su ventana y encontrar siempre ese muro vacío.  Piensa  en pintar algo. Algo que refleje en un solo impacto el mundo. O al menos su mundo. Que la gente se detenga y contemple la vida desde otra perspectiva. Recuerda a su  hermano mayor que dibujaba muy bien y le gustaba pintar paredes. Al principio pintaba frases sin sentido. Después algunas imágenes. Javier  siempre quiso saber que se sentía pintar una pared con una frase o un dibujo. Pero nunca pasó de pintar las paredes de las casas que habitó. Lo mío pasa por la fotografía profesión que por suerte me da de comer- se enorgullece.

Cuando cumplió los diez años su papá le preguntó que quería de regalo.
     Pa, quiero un elefante. Respondió.
El padre siempre le  daba la misma respuesta: –Javi,  los elefantes son caros y difíciles de conseguir. Además no tenemos lugar donde meterlo. Sos chiquito y te puede aplastar.  Javier sólo quería uno. Lloraba desconsoladamente Como si un elefante no fuera grande para su padre.

Javier está decidido. Tiene  todos los pinceles, pinturas y aerosoles de varios colores y materiales necesarios para pintar su graffiti. Para que éste  le dé otros colores a su  vida cuando mire desde su ventana. Es extraño pero cuando pintó los primeros trazos no pudo dejar de pensar en su  infancia cuando tanto deseaba un elefante.  Recordó también a su mamá leyéndole “La noche del elefante”, por las noches en su cama. Cuando él estaba con cara larga ella  lo cargaba y le preguntaba con una frase de ese cuento ¿qué pasa que hoy andás más trompudo que de costumbre?

En pocas horas terminará de pintar esta obra que seguramente perdurará por mucho tiempo y la soledad que le  acosa tal vez sea atenuada.

Pasa un día entero dibujando y pintando. El  trabajo ya está terminado  incluye un elefante psicodélico, un dinosaurio de esos de cuellos largos más una gran flor  azul con vestigios de amarillos y un grupo de altos edificios. Una frase da vueltas en su cabeza, una canción “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron” y con el aerosol la estampa también en la pared. Una estafa sobrevuela en su mente.  ¿Serán estafas en el amor? ¿Estafas en los negocios?  Alguien lo sabrá.

  Al día siguiente, luego de terminar de trabajar llega a su casa. Se prepara unos mates y comienza a rebelar las últimas fotos del partido que cubrió en cancha de Defensa y Justicia que cayó derrotado ante Banfield. Busca un disco de Pink Floyd y lo mete en la computadora. Extrañamente suena esa canción que reconoció rápidamente “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron”. Es Latinoamérica de Calle 13. No puede quitarse esos sonidos de la cabeza y se desmaya.

 El joven fotógrafo varelense vuelve en sí gracias a la ayuda de su hermano que pasó a visitarlo. Lo acompaña, cenan, charlan del partido que perdió Defensa y se despiden. Teme que al intentar escuchar un disco de Floyd pase nuevamente lo que antes. Coloca un disco, otro disco y otro y la canción es única, es la misma Latinoamérica.

      Javier que no puede imaginar, ni recordar  pero lo intenta y bucea en su mente. Cómo llegó esa canción a su vida y cómo se estaba apoderando de ella. Sin saber por qué se dirigió a la  plaza inerte. Se detuvo nuevamente ante esas imágenes que hace poco pintó. Y en las penumbras de la mañana parecían más vivas que nunca. Con la cámara al cuello y en cuclillas contempló cada color, cada contorno, cada imagen que salió de su cabeza.  Se liberó al fin de esa canción, volvió a ser libre y esta vez él fue tapa de los diarios de Florencio Varela. “Elefante aplastó a un fotógrafo varelense”.

jueves, 10 de octubre de 2013

¡DÉJANOS PARTIR!

¡DÉJANOS PARTIR!
Un barrio de clase media baja; una casa de estilo americano, jirones de pintura cuelgan de su fachada;  la vieja puerta de hierro  derrama óxido;  en el garaje un Renault 4L cubierto de un manto de tierra;  en el frente, un jardín olvidado, agonizante. En el interior, Aidé, a diez años de aquel fatídico 21 de julio de 1969, día del alunizaje del Apolo 11,  cocina mecánicamente con visibles rastros de un largo sufrimiento en su rostro, su  larga y blanca cabellera luce descuidada, sus hombros caídos testifican la pesada carga de una década. Su andar cansino, reflejo de una larga y penosa búsqueda. Sus pensamientos están muy lejos de esa otrora poblada y bulliciosa cocina. Hacía una semana que no visitaba a Juan. El hospital psiquiátrico le provoca  angustia y pavor. No logra, aún hoy, sobreponerse y aceptar la locura de su esposo a causa de la misteriosa e inexplicable desaparición de su hija y su sobrino, diez años atrás.  Hace tiempo que ya no espera la ayuda policial, ya no desea  escuchar la misma respuesta una y otra vez  _“en cuanto tengamos alguna novedad se lo comunicamos señora”. Numerosas sesiones de espiritismo tuvieron lugar en distintos aposentos de su hogar. Frecuentó gurúes  y nigromantes. Nadie había podido darle una respuesta. Sin embargo, hacía diez años había tomado la firme decisión de no cejar en su propósito de recuperar a los niños. La olla tapada hierve y rebalsa y el crepitar de la hornalla la trae bruscamente a la realidad. Se descubre preparando el almuerzo para tres, deja caer sus brazos a los costados, gira su cabeza en derredor  de la espaciosa, inmensa cocina, detiene su mirada en la repisa, al lado de la heladera  donde está la radio cubierta por la carpetita tejida al crochet  y que hace tiempo permanece muda. Gira su cuerpo entero y muda trabajosamente sus pasos para sentarse en una de las cuatro  banquetas de caño y asiento de plástico verde manzana, apoya sus codos sobre la mesa y su cara entre sus manos y permanece largo rato mirando por la ventanita orientada hacia el sur y con vista a la calle, rumiando su desgracia en la más absoluta soledad.

Como impulsada por un mecanismo poderoso Aidé se levanta intempestivamente, atraviesa el living-comedor y en el fragor de su marcha tropieza con el sillón de cuerina marrón ubicado a un costado, frente al televisor. Recorre el estrecho pasillo que la conduce a las habitaciones. Se detiene frente a la puerta en la que se lee un pequeño cartel:  “Ely’s room”,  agudiza los oídos, lentamente extiende la mano, toma el picaporte y lo gira muy despacio, el silencio espectral es interrumpido por el crujir de las bisagras. Expectante pone un pie dentro del cuarto, luego el otro, se detiene nuevamente y con los sentidos alerta avanza decidida hacia la cómoda sobre la cual se posa un delicado cofre de madera decorado con pequeñas flores  y corazones  que emite un sonido extraño semejante a una descarga estática. Vacila un instante, luego toma el cofre, lo abre y ante sus ojos aparecen los amados, añorados, entrañables rostros de su pequeña Ely y su sobrino Pablo en una instantánea en blanco y negro. Sostiene entre sus dedos la vieja foto, la levanta a la altura de sus ojos, la escudriña minuciosamente como esperando una palabra. Luego de un tiempo incalculable durante el cual Aidé ni siquiera se atreve a  pestañear, ve como la imagen comienza a borrarse desde los bordes hacia el centro, el rostro feliz de su hija es lo último que ve. Como una pluma en el aire el papel cae al piso. Aidé cierra tras de sí la puerta, finalmente los dejará partir. Un bálsamo baña su doblegado cuerpo. Finalmente, ella también decide partir.

Protocolo

Protocolo
        Comenzamos el cuento partiendo de la idea de darle continuidad al artefacto narrativo “Polaroid”. Con la inquietud de desentrañar qué fue lo que le ocurrió a Aidé después de diez años de la desaparición de Ely y Pablo. Las palabras para iniciar el relato fueron cambiadas varias veces hasta encontrar esa frase disparadora que permitió la fluidez de la narración.
         Para construir  los espacios hicimos primero una descripción objetiva de los lugares por donde transitaría el personaje, el barrio en tanto que queremos definir la condición social de la protagonista y una detallada descripción de la casa desde la entrada porque denota el paso del tiempo en su fachada y en el garaje que contiene un auto que dejó de usarse hace una década. Fuimos recorriendo mentalmente cada uno de los lugares, los objetos en cada uno de ellos, y seleccionando aquellos que le darían significado a la trama. Una gran parte de esa descripción objetiva, fue dejada de lado porque consideramos que no servía al propósito narrativo. Este espacio construido permitió que la escritura fluya.
        Luego de tomar estas decisiones construimos  un mundo para Aidé que es el personaje que hará el recorrido en este relato, lo más amueblado posible (Eco, 1985) para ello,  describimos los espacios por donde circulará la protagonista, los objetos que tomará y recuperamos cada uno de esos lugares que le dan sentido a la trama y la contextualizan.
      Pusimos el ojo en la cerradura imaginaria de la cocina de Aidé porque ese fue el lugar último donde estuvieron los chicos, reparamos en la radio, porque esa era la radio que escuchaba la protagonista del cuento antes de su viaje, y, en esa carpeta tejida al crochet porque nos da la idea del tiempo transcurrido, nos dice de algún modo que estuvo en silencio desde entonces, que no fue encendida, que no hubo voces ni risas de los viejos locutores. También pusimos la mirada en los elementos de la cocina que dan idea del espacio habitado con más frecuencia por la familia y en el que,  ahora está Aidé en soledad. La cocina como un lugar de encuentro en los tiempos pretéritos.
      Seguidamente nuestro ojo se fue con la protagonista  hacia el comedor donde estaba el sillón que se ubicaba frente al televisor, otro elemento de significación para el relato por las implicancias que tiene en las costumbres de la familia que había dejado de ser. Ese sillón es un obstáculo para la protagonista, está en el costado, pero sin embargo, la hacemos tropezar con él para cargar de emotividad ya que es la forma que encontramos para demostrar la torpeza de Aidé producto de su angustia.
       Por último hicimos foco en la puerta de entrada de la habitación y en el cartel que anunciaba que esa era la habitación de la niña, donde había estado  por última vez. Agregamos ahí un cofre donde se guardan fotos. Es un elemento que nos interesó describir detalladamente porque él tiene en su interior los recuerdos, en él está la foto que no desapareció a pesar de ser Polaroid, (que se borran con el tiempo). El hecho inexplicable de la desaparición de los niños que produce el quiebre con la realidad y  lo transforma en un relato fantástico reaparece ahora en un papel que cae al suelo, que se va desvaneciendo mostrando por último el rostro feliz de la niña,  que alivia la angustia de Aidé.