jueves, 10 de octubre de 2013

¡DÉJANOS PARTIR!

¡DÉJANOS PARTIR!
Un barrio de clase media baja; una casa de estilo americano, jirones de pintura cuelgan de su fachada;  la vieja puerta de hierro  derrama óxido;  en el garaje un Renault 4L cubierto de un manto de tierra;  en el frente, un jardín olvidado, agonizante. En el interior, Aidé, a diez años de aquel fatídico 21 de julio de 1969, día del alunizaje del Apolo 11,  cocina mecánicamente con visibles rastros de un largo sufrimiento en su rostro, su  larga y blanca cabellera luce descuidada, sus hombros caídos testifican la pesada carga de una década. Su andar cansino, reflejo de una larga y penosa búsqueda. Sus pensamientos están muy lejos de esa otrora poblada y bulliciosa cocina. Hacía una semana que no visitaba a Juan. El hospital psiquiátrico le provoca  angustia y pavor. No logra, aún hoy, sobreponerse y aceptar la locura de su esposo a causa de la misteriosa e inexplicable desaparición de su hija y su sobrino, diez años atrás.  Hace tiempo que ya no espera la ayuda policial, ya no desea  escuchar la misma respuesta una y otra vez  _“en cuanto tengamos alguna novedad se lo comunicamos señora”. Numerosas sesiones de espiritismo tuvieron lugar en distintos aposentos de su hogar. Frecuentó gurúes  y nigromantes. Nadie había podido darle una respuesta. Sin embargo, hacía diez años había tomado la firme decisión de no cejar en su propósito de recuperar a los niños. La olla tapada hierve y rebalsa y el crepitar de la hornalla la trae bruscamente a la realidad. Se descubre preparando el almuerzo para tres, deja caer sus brazos a los costados, gira su cabeza en derredor  de la espaciosa, inmensa cocina, detiene su mirada en la repisa, al lado de la heladera  donde está la radio cubierta por la carpetita tejida al crochet  y que hace tiempo permanece muda. Gira su cuerpo entero y muda trabajosamente sus pasos para sentarse en una de las cuatro  banquetas de caño y asiento de plástico verde manzana, apoya sus codos sobre la mesa y su cara entre sus manos y permanece largo rato mirando por la ventanita orientada hacia el sur y con vista a la calle, rumiando su desgracia en la más absoluta soledad.

Como impulsada por un mecanismo poderoso Aidé se levanta intempestivamente, atraviesa el living-comedor y en el fragor de su marcha tropieza con el sillón de cuerina marrón ubicado a un costado, frente al televisor. Recorre el estrecho pasillo que la conduce a las habitaciones. Se detiene frente a la puerta en la que se lee un pequeño cartel:  “Ely’s room”,  agudiza los oídos, lentamente extiende la mano, toma el picaporte y lo gira muy despacio, el silencio espectral es interrumpido por el crujir de las bisagras. Expectante pone un pie dentro del cuarto, luego el otro, se detiene nuevamente y con los sentidos alerta avanza decidida hacia la cómoda sobre la cual se posa un delicado cofre de madera decorado con pequeñas flores  y corazones  que emite un sonido extraño semejante a una descarga estática. Vacila un instante, luego toma el cofre, lo abre y ante sus ojos aparecen los amados, añorados, entrañables rostros de su pequeña Ely y su sobrino Pablo en una instantánea en blanco y negro. Sostiene entre sus dedos la vieja foto, la levanta a la altura de sus ojos, la escudriña minuciosamente como esperando una palabra. Luego de un tiempo incalculable durante el cual Aidé ni siquiera se atreve a  pestañear, ve como la imagen comienza a borrarse desde los bordes hacia el centro, el rostro feliz de su hija es lo último que ve. Como una pluma en el aire el papel cae al piso. Aidé cierra tras de sí la puerta, finalmente los dejará partir. Un bálsamo baña su doblegado cuerpo. Finalmente, ella también decide partir.

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