¡DÉJANOS PARTIR!
Un barrio de clase media baja; una casa de estilo americano,
jirones de pintura cuelgan de su fachada;
la vieja puerta de hierro derrama
óxido; en el garaje un Renault 4L
cubierto de un manto de tierra; en el
frente, un jardín olvidado, agonizante. En el interior, Aidé, a diez años de
aquel fatídico 21 de julio de 1969, día del alunizaje del Apolo 11, cocina mecánicamente con visibles rastros de
un largo sufrimiento en su rostro, su
larga y blanca cabellera luce descuidada, sus hombros caídos testifican
la pesada carga de una década. Su andar cansino, reflejo de una larga y penosa
búsqueda. Sus pensamientos están muy lejos de esa otrora poblada y bulliciosa
cocina. Hacía una semana que no visitaba a Juan. El hospital psiquiátrico le
provoca angustia y pavor. No logra, aún
hoy, sobreponerse y aceptar la locura de su esposo a causa de la misteriosa e
inexplicable desaparición de su hija y su sobrino, diez años atrás. Hace tiempo que ya no espera la ayuda
policial, ya no desea escuchar la misma
respuesta una y otra vez _“en cuanto
tengamos alguna novedad se lo comunicamos señora”. Numerosas sesiones de
espiritismo tuvieron lugar en distintos aposentos de su hogar. Frecuentó gurúes y nigromantes. Nadie había podido darle una
respuesta. Sin embargo, hacía diez años había tomado la firme decisión de no cejar
en su propósito de recuperar a los niños. La olla tapada hierve y rebalsa y el
crepitar de la hornalla la trae bruscamente a la realidad. Se descubre
preparando el almuerzo para tres, deja caer sus brazos a los costados, gira su
cabeza en derredor de la espaciosa,
inmensa cocina, detiene su mirada en la repisa, al lado de la heladera donde está la radio cubierta por la carpetita tejida
al crochet y que hace tiempo permanece
muda. Gira su cuerpo entero y muda trabajosamente sus pasos para sentarse en
una de las cuatro banquetas de caño y
asiento de plástico verde manzana, apoya sus codos sobre la mesa y su cara
entre sus manos y permanece largo rato mirando por la ventanita orientada hacia
el sur y con vista a la calle, rumiando su desgracia en la más absoluta
soledad.
Como impulsada por un mecanismo poderoso Aidé se levanta
intempestivamente, atraviesa el living-comedor y en el fragor de su marcha
tropieza con el sillón de cuerina marrón ubicado a un costado, frente al
televisor. Recorre el estrecho pasillo que la conduce a las habitaciones. Se detiene
frente a la puerta en la que se lee un pequeño cartel: “Ely’s room”,
agudiza los oídos, lentamente extiende la mano, toma el picaporte y lo
gira muy despacio, el silencio espectral es interrumpido por el crujir de las
bisagras. Expectante pone un pie dentro del cuarto, luego el otro, se detiene
nuevamente y con los sentidos alerta avanza decidida hacia la cómoda sobre la
cual se posa un delicado cofre de madera decorado con pequeñas flores y corazones que emite un sonido extraño semejante a una
descarga estática. Vacila un instante, luego toma el cofre, lo abre y ante sus
ojos aparecen los amados, añorados, entrañables rostros de su pequeña Ely y su
sobrino Pablo en una instantánea en blanco y negro. Sostiene entre sus dedos la
vieja foto, la levanta a la altura de sus ojos, la escudriña minuciosamente
como esperando una palabra. Luego de un tiempo incalculable durante el cual
Aidé ni siquiera se atreve a pestañear,
ve como la imagen comienza a borrarse desde los bordes hacia el centro, el rostro
feliz de su hija es lo último que ve. Como una pluma en el aire el papel cae al
piso. Aidé cierra tras de sí la puerta, finalmente los dejará partir. Un
bálsamo baña su doblegado cuerpo. Finalmente, ella también decide partir.
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