Aquella tarde se encontraron
casi por casualidad, hacía muchos años que no sabían nada uno del otro. Pero
ese día, luego de trabajar, se cruzaron en la avenida Rivadavia. A simple vista
había pocos cambios, canas en la barba, algunos kilos más y miradas menos
vivaces.
Así, al verse repentinamente, se estrecharon en un abrazo, se
reencontraron con sus recuerdos y a los pocos días compartían una cena en la
casa de uno de ellos. Cenaron en
familia, la de uno y la de otro. En la mesa del living parecieron volver a
vivir una época, un momento de sus vidas que reflejaba la vida de la Argentina. En esa charla de
reencuentro el pasado quiso hacerse presente con ayuda de las imágenes de los
periódicos de la época que aún guardaban más una revista que había sido editada
en esos días del reencuentro al cumplirse una década de la masacre. La charla transcurría entre café y café, una
joven participaba de esa conversación nostálgica y trágica a la vez.
-¡Ese tipo soy yo! Dice, señalando con su dedo índice. -Ese hombre que
está colgado de los pelos, ¿ves? Dice
con énfasis. Y continúa…-Con suerte, me
agarraron de los pelos y me subieron al puente. Sino, hoy no estaría contando
el cuento.
-Así es la vida, viejo. Respondió. -En Ezeiza estuvimos todos, los
buenos y los malos. Llegábamos de un lado y del otro, del sur, del norte, en
caravanas, caminando, en micros, autos y bicicletas.
Los dedos pasan las hojas de la revista que se encargó de hacer un
dossier especial al cumplirse los 10 años de ese día que fue considerado “La
masacre de Ezeiza”
De todo el país convergían aquel 20 de junio columnas con
cientos y miles de argentinos hacia Ezeiza. Las principales columnas eran de
los militantes organizados que provenían de las barriadas del conurbano.
Venían de distintas
agrupaciones, de la JP
Echeverría, JP Matanza, Montoneros, el movimiento sindical, la CGT y los grupos de la
ultraderechista Concentración Nacional Universitaria, militantes armados del Movimiento Nueva
Argentina, la federación de “culatas
operativos” de los sindicatos, el Comando de Organización de Alberto Brito Lima
y su socia Norma Kennedy y la vieja guardia militar del coronel Jorge Osinde,
reclutado por López Rega. Unidos bajo el mismo lema “Perón vuelve” pero no todos
con la misma intención.
El Tío Cámpora, como lo llamaban los jóvenes peronistas, había asumido
la presidencia el 25 de mayo de 1973,
con el compromiso de traerlo de nuevo al país después de dieciocho años de
exilio en Madrid, junto a la
Chabela.
-No sé cuánto tiempo pasó, ni cuándo empezaron los tiros, sólo sé que
me tiré al piso, me arrastré hasta el bosque cómo una víbora, entre balas y
balas que sonaban por arriba de mi cabeza. En eso, alguien me agarra. O algo así,
pero igual no puedo moverme por un rato y después me paro, camino
agachado y veo muy cerca un tipo caído, como tantos otros, pero éste sobre un
fuego o ceniza aún ardiendo.
Al lado, nosotros, dije. Como dos pollos asustados. Pero sin dejar de
ver a ese hombre que se quemaba.
Estaban juntos sin conocerse, habían llegado al mismo lugar, él partió
de su casa junto a su mujer y su hija. Juan había llegado de Avellaneda y ahora
ahí en Ezeiza, juntos.
Hermoso día de fin de otoño, soplaba un vientito suave, el sol
calentaba la mañana. Ese día no había clases, se festejaba el Día de la Bandera así que ayudé a mi
madre a arreglar la habitación, ordené mis muñecas y desayuné con ella. Pronto
cumpliré diez años, tendré una fiesta a la que invitaré a mis amigas del
barrio y a mis compañeras de escuela. Pero hoy no es día de hablar de eso. Es 20 de junio y desde hace unas semanas,
meses, que mi padre habla de lo mismo, con este con aquel, que el Tío asumió, que se viene el cambio y
que Él vuelve. No hay otro tema, así que seguramente algo importante haremos
esta mañana, fuera de lo común. No lo
digo por el feriado sino por los comentarios que escucho al pasar de mi madre y
mi padre mientras se toman unos mates y
se preparan para salir.
-¿Vamos? ¿Estás lista? –me dicen.
Salimos de casa hacia un destino distinto, desde una
calle vamos a una ruta, cruzamos un
arroyo. Nos detenemos en un puente desde
el que se puede ver una muchedumbre que agita banderas que no se alcanzan a
leer y se escuchan cánticos, que muy bien no comprendía. Es una procesión. Soy
una niña y pregunto, “siempre pregunta” dice mi papá… “¿a dónde va esa
gente?” Él me responde: -Al mismo lugar
que vamos nosotros. Nos reímos, seguimos caminando por esa ruta donde ya no
circulan autos, donde se ven los micros, los camiones y algunas camionetas
estacionados en las verdes banquinas. Se ven ciclistas, que pasan por el
costado. Nosotros caminamos por la banquina. Nos saludan con sonrisas, como si nos conocieran
y con un gesto de manos que muestran la
V de la
Victoria.
Llegamos a un lugar donde hay unos edificios que no conozco, sin que
pregunte, mi padre se adelanta y dice: “Esa es la Escuela hogar Evita” y
seguimos en dirección a otro puente mucho más grande que el que cruzamos al
salir de la casa.
Sobre el puente habían montado un palco, con
la “mirada” hacia el sur desde donde llegaban las columnas más numerosas.
Ahí, en ese lugar dirigiría su palabra a
la multitud el general cuando arribara al país en el Aeropuerto Ministro
Pistarini. El que quedaba muy cerca del improvisado palco sobre la autopista
Richeri y ruta 205.
¡No te muevas! ¡Agachate! Grita mi padre con desesperación.
La locura del momento no lo dejaba pensar ni hablar.
-Tenía en el bolsillo el brazalete de delegado
de la Juventud
Sindical ¡El brazalete verde! Ese era el de la juventud
sindical. ¿Te acordás?
-Si, digo y él continúa:
-Me acercan a la orilla de ese primer palco y
ahí arriba estaba el lugar en donde hablaba Favio y desde donde hablaría Perón.
Todo muy confuso, porque si vos viste en película o fotos sobre todo esto, habrás visto cómo caía la gente de
los parlantes, era desesperante.
Escucha ruidos que al principio no reconocía, luego le cae la ficha,
eran tiros como los de las series de TV. Estaban tirados en un suelo cubierto
de hojarasca, con ramitas que habían sido cortadas por las balas.
En eso alguien cae sobre un fogón que ya se estaba apagando, mi padre grita ¡Flaco
córrete que te estás quemando! Pero el hombre no se mueve ni responde. El tipo
estaba muy mal herido. Vuelve a bajar la cabeza: ¡No mires! Dice mi padre
mientras intenta tocar al hombre con una rama.
-Me acerqué como pude hasta ese tipo que vimos caído sobre el fuego. Te
cuento, lo ví caer a ese tipo boca abajo, herido, sobre cenizas que aún ardían,
me acerco y al levantarlo, del medio de la cabeza, cuando respiraba, le salía
un chorro de sangre. Lo doy vuelta, porque hasta ahí estaba de espalda, y del
pecho le salen dos chorros de sangre, tenía dos impactos en medio del pecho,
por el corazón. Me desespero, lo arrastro hasta la primera ambulancia, con
terror y sin pensar demasiado. Lo subo a la ambulancia y se lo llevan al
hospital.
Al rato ya no escuchamos el sonido de las balas, sólo se escuchan las
sirenas de las ambulancias, la noche está cayendo y por la ruta van los que
pueden caminar por sus propios medios, están abatidos, los rostros muestran la
desolación y la desilusión. El miedo se había metido en las venas, se respiraba
en el aire. En los cuerpos y en las almas estaba el dolor por lo que pudo ser y
no fue.
¡Fue una emboscada! ¡Vamos a casa!
Dice mi padre.
Está amaneciendo, los primeros albores se asoman, una suave brisa de
otoño se entromete en el living y pasa las hojas de las revistas rápidamente,
como el pasado. Vuelven al presente se sienten muy cansados y se despiden, esa
niña de ayer, hoy joven saluda con su
mano haciendo la V
de la Victoria.