jueves, 28 de noviembre de 2013

Ñandupay (analisis)


       Ñandupay  es un relato que implica una historia que nace de otra.  La primera historia es el relato de primer grado que constituye el marco de la segunda y que es un relato enmarcado. En Ñandupay el relato de primer grado está dado por un narrador que es un camarógrafo documental  que habla desde una primera persona del singular para contar que “estábamos varados en una vieja barcaza en medio del  Amazonas”, perdidos durante ocho días; y que al noveno día son salvados por una lancha de rescate.  Mientras que el relato de segundo grado está contado por un narrador en primera persona que es testigo de un hecho sobrenatural y que presenció  ese hecho y lo narra en clave de leyenda. Este narrador es Rogelio Das Rosas el guía del grupo y el más facultado para poder recatar leyendas de la zona, mediador con su buena  onda y carisma sino también testigo de esa historia en particular. Así que el relato enmarcado comienza con la narración de Rogelio que sin precisar lugar y tiempo, nos comunica sus impresiones sobre esa mujer misteriosa que cuida a los más desprotegidos; en este caso a dos niñas acosadas por una acechante criatura. La figura de este personaje  es relevante en dos sentidos. En primer lugar, él funciona a modo de Sherezade ya que su relato es clave. Como narrador se exalta su figura por lo que provoca en el resto del equipo. Ellos llevan ocho días varados y amenazados por la muerte. Con su narración Rogelio pareciera suspender  la muerte de los otros como cuando aquella hacía lo propio ante el rey noche a noche. De hecho el narrador de este relato de primer grado comenta respecto del guía “él decía que no debíamos preocuparnos porque Ñandupay, la madre natura, se presentaba en sus distintas formas y socorría a los necesitados”. Es más su relato es esperanzador (“escuchar los relatos de Rogelio era un pulmón de aire fresco ante tanta angustia”) en una situación de vida o muerte que finalmente se resuelve felizmente.  
El relato marco y enmarcado parecen “tocarse”, cabría pensar que ese loboto rosa que guió al capitán de la lancha de rescate hasta ellos  podría ser Ñandupay (que salva a las niñas en el otro nivel) y que los socorrió al noveno día. En segundo lugar, Rogelio también introduce con su relato una metalepsis. Ya que él, pasa a ser testigo privilegiado  de la historia que cuenta y de la cual es participe aunque solo sea como observador lo cual es suficiente para poder transmitir a otros esa historia que tiene su introducción, nudo y desenlace propios cargada de verosimilitud.  Y donde el resto de los personajes que sólo son mencionados  se transforman en los narratarios, es decir, en los receptores de lo que cuenta  el guía, ahí la razón de ser de aquellos.

por gladys vega, miguel escobar y mabel albondanza

viernes, 22 de noviembre de 2013

POLAROID


Ely  apagó la campanilla del reloj despertador. Apenas había podido pegar los ojos. Se sentía muy ansiosa. El viaje  planeado desde hacía tanto tiempo, ¡por fin había llegado el día! Repasó mentalmente el contenido de su bolso de viaje: cepillo de dientes, ropa interior, los pantalones viejos para tirarse en el pasto, la camisa de jean, el pulóver que le tejió la abuela. Sí, todo parecía estar en orden.  
 _ ¿Se  habrá despertado Pablo? _se preguntó con preocupación. Desde la cocina se escuchaba  la voz familiar de Héctor Larrea. Su madre escuchaba como todas las mañanas, Rapidísimo, su programa radial favorito. Atravesó el estrecho pasillo que la conducía a la cocina de estilo americano. En la mesa, la esperaba su desayuno.
_ Tomá la leche.  _le dijo Aidé sin mirarla, mientras  lavaba los platos de la cena. El ruido de la vajilla bajo el chorro de agua se mezclaba con las risas estridentes de Beba y Rina que le contaban a Larrea, sus correrías en la fiesta a la que habían asistido la noche anterior.
_¿Pablo no llamó? Si no llega pronto saldremos tarde _dijo Ely_ pasándose las manos por el cabello.
Aidé que había concluido de lavar los platos, se quitó el delantal y mientras se acomodaba la pollera le dijo a su hija:   _ ¿siempre es lo mismo con vos? Llega el día “D” y te morís de los nervios.
En el garaje, Juan, un hombre alto y con actitud decidida revisaba detenidamente su Renault 4L. Siempre había sido muy responsable cuando tenía que conducir una gran distancia. No podía dejar nada librado al azar. La voz de Pablo lo sobresaltó.  _ ¿Todo listo, tío? Voy  a buscar a Ely y nos vamos. Pablo desapareció antes de que Juan pudiera contestarle. Diez minutos después, los chicos aparecieron cargando sus bolsos seguidos por Aidé que traía una cesta en la mano izquierda y un gran termo en la derecha.  
Como trombas ambos niños subieron al 4 L, la niña irradiaba felicidad, sus mejillas parecían más rosadas y abultadas que nunca. Pablo, en cambio trataba de aparentar una calma que no tenía.
Aidé sostuvo  la mano levantada hasta que vio desaparecer el auto en la distancia. Con una sonrisa a flor de labios, bajó la mano y se dirigió al interior de la casa. Mientras levantaba la mesa del desayuno se sintió aliviada de no haber tenido que padecer ese largo viaje en el que sus nervios terminarían destrozados.
_ Es  inminente la llegada del hombre a la luna, el Apolo 11 está a punto de alunizar _ decía Larrea. Beba Y Rina hacían un comentario gracioso y otra vez sus risas sonaron en el éter.
El Renault como siempre, respondió. Marchaba lento pero firmemente. Juan encendió la radio. Escuchaba atento la transmisión.
 _ ¿Qué significa alunizaje, papá? _preguntó Ely.
 _Significa que el hombre por primera vez  pondrá sus pies en el suelo de la luna  _respondió Juan con aires de estar diciendo algo trascendental.
 _ ¿Vos crees que hallarán vida allí, tío?  _ Intervino Pablo.
 _No creo que estén dadas las condiciones atmosféricas ni de gravedad para que eso pueda ser posible _contestó Juan cuyas palabras cada vez sonaban más eruditas para los niños.

La ruta se estrechaba en el frente del automóvil,  a los costados iban quedando las formas difusas de los árboles y arbustos.  A la distancia comenzaban a asomarse las sierras misteriosas e imponentes, sus laderas pedregosas, agrestes simulaban gigantes cuerpos amorfos. En la cima se vislumbraba el extremo de una enorme y  blanca cruz semejante a un altísimo hombre que con sus brazos extendidos al cielo imploraba clemencia. 
Presurosos se instalaron en la vieja hostería. Ely seguida por Pablo corría desesperada como si el paisaje tandilense fuera a desaparecer antes de que ellos llegaran a disfrutarlo. Juan tomó su Polaroid  y apuró su paso para alcanzarlos. Los  días pasaron infinitamente veloces. La tarde en que debían regresar, comenzaba a declinar.
_¿Nos sacás una foto, papi?
 _¿Sabés?, estaba pensando en mamá, que se perdió estos  maravillosos días. ¿Papi, por qué a  mamá la asusta tanto este lugar? _preguntó imprevistamente la niña.
Juan se quedó  en silencio un momento como si buscara un recuerdo olvidado en un rincón de su memoria. Luego comenzó a contar. Las palabras fueron saliendo de su boca, cargadas de temor.
Hace tiempo, cuando vos todavía no existías, tu mamá y yo vinimos a Tandil. Por supuesto,  no podíamos dejar de hacer el paseo obligado: el lugar donde en algún tiempo  estuvo  La piedra movediza. Aquella mañana desayunamos algo ligero y nos pusimos en  camino hacia aquel lugar.
_No olvides la cámara _me dijo. Se veía tan joven, tan hermosa con su falda negra y su camisa roja.                            
Ya casi llegábamos al lugar, cuando atrajo nuestra atención un extraño vaho que provenía de una cueva rocosa. El vaho se fue transformando en una luz intensa. Aidé me tomó la mano y me apretó con fuerza.
_¿Qué es eso?  _me dijo casi en un susurro.
_No lo sé, es algo muy extraño. Pero no te preocupes no nos va a pasar nada _ traté de tranquilizarla. Avanzamos muy juntos, como atraídos por esa luz, que resultaba irresistible. Ya casi al borde de la cueva, nos vimos envueltos por la luminosidad que nos poseía y trataba de meternos adentro de la cueva. Nos sujetamos con todas nuestras fuerzas y un instante después, fuimos transportados por la fuerza luminosa  y a partir de ese momento perdimos la conciencia. Ya casi caía la tarde cuando desperté en la cama del hotel, a mi lado Aidé despertaba también, confundida preguntando dónde estábamos. Tratamos vanamente de reconstruir lo sucedido. Bajamos a la recepción, un hombre mayor que cumplía funciones múltiples, nos saludó.
_Pensé que aún estaban de paseo _ nos dijo.
Le contamos lo sucedido. El rostro del hombre se iba transformando a medida que relatábamos la experiencia vivida.
_Creo que  otra vez anda buscando un poco de compañía _dijo el hombre con un tono cargado de misterio.
_¿A qué se refiere? _le preguntamos casi al unísono.
Les voy a contar una vieja historia, pues creo que se ganaron el derecho a saberlo.
_Se dice que hace mucho tiempo el cacique de esta zona debía abandonar a sus cinco esposas para casarse con otras cinco. Él amaba a una de ellas, una hermosa joven llamada Mini, con quien decidió quedarse. El Consejo de Ancianos resolvió secuestrar a la joven y atarla en la punta de una piedra de un cerro. Esta medida contó con el 
apoyo del pueblo porque el caique no siguió las costumbres de la tribu. El cacique presentó pelea pero murió en ella,  y Mini murió de tristeza atada a la gran piedra, que comenzó a moverse porque su corazón continuaba latiendo.
En el año 1912 un 29 de febrero, se dice que su alma en pena escapó y que desde entonces vaga por estos lados buscando un poco de compañía.
El hombre terminó su relato y dijo _creo que se han topado con Mini.
Aidé y yo nos miramos, ella no dijo ni una palabra, simplemente subió al cuarto, armó las valijas y me pidió que regresáramos a Lanús. Desde aquel día jamás volvió a mencionar ese incidente.
Ely y Pablo permanecieron unos instantes callados, y simplemente  la niña le dijo y su padre: _es una historia increíble papi, entonces, ¿nos sacás la foto?
 Juan buscó un punto estratégico para tomar una fotografía perfecta. Ely y Pablo posaron, en medio de ambos como un testigo silencioso, el inmenso crucifijo. Juan apretó el botón de la Polaroid  y una intensa luz que semejaba dos extensos y poderosos brazos, repentinamente envolvió a los pequeños  y su espacio físico fue ocupado por  una estela luminosa que lentamente se fue esfumando. Azorado, Juan  cayó de bruces y allí permaneció inmóvil con la vista en el firmamento. En el piso cayó la instantánea en blanco y negro desde donde Ely y Pablo posaban para Aidé que los esperaba en Lanús, viendo el noticiero de Canal 7 donde transmitían la llegada del hombre por primera vez a la Luna… como siempre, con la mesa tendida.

Por Mabel Albondanza , Miguel Escobar y Gladis Vega.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El regreso



    Aquella tarde se encontraron casi por casualidad, hacía muchos años que no sabían nada uno del otro. Pero ese día, luego de trabajar, se cruzaron en la avenida Rivadavia. A simple vista había pocos cambios, canas en la barba, algunos kilos más y miradas menos vivaces.
Así, al verse repentinamente, se estrecharon en un abrazo, se reencontraron con sus recuerdos y a los pocos días compartían una cena en la casa de uno de ellos. Cenaron  en familia, la de uno y la de otro. En la mesa del living parecieron volver a vivir una época, un momento de sus vidas que reflejaba la vida de la Argentina. En esa charla de reencuentro el pasado quiso hacerse presente con ayuda de las imágenes de los periódicos de la época que aún guardaban más una revista que había sido editada en esos días del reencuentro al cumplirse una década de la masacre.  La charla transcurría entre café y café, una joven participaba de esa conversación nostálgica y trágica a la vez.
-¡Ese tipo soy yo! Dice, señalando con su dedo índice. -Ese hombre que está colgado de los pelos, ¿ves?  Dice con énfasis. Y continúa…-Con suerte,  me agarraron de los pelos y me subieron al puente. Sino, hoy no estaría contando el cuento.
-Así es la vida, viejo. Respondió. -En Ezeiza estuvimos todos, los buenos y los malos. Llegábamos de un lado y del otro, del sur, del norte, en caravanas, caminando, en micros, autos y bicicletas.
Los dedos pasan las hojas de la revista que se encargó de hacer un dossier especial al cumplirse los 10 años de ese día que fue considerado “La masacre de Ezeiza”
De todo el país convergían aquel 20 de junio columnas con cientos y miles de argentinos hacia Ezeiza. Las principales columnas eran de los militantes organizados que provenían de las barriadas del conurbano.
             Venían de distintas agrupaciones, de la JP Echeverría, JP Matanza, Montoneros, el movimiento sindical, la CGT y los grupos de la ultraderechista Concentración Nacional Universitaria,  militantes armados del Movimiento Nueva Argentina,  la federación de “culatas operativos” de los sindicatos, el Comando de Organización de Alberto Brito Lima y su socia Norma Kennedy y la vieja guardia militar del coronel Jorge Osinde, reclutado por López Rega. Unidos bajo el mismo lema “Perón vuelve” pero no todos con la misma intención.
El Tío Cámpora, como lo llamaban los jóvenes peronistas, había asumido la presidencia  el 25 de mayo de 1973, con el compromiso de traerlo de nuevo al país después de dieciocho años de exilio en Madrid, junto a la Chabela.
-No sé cuánto tiempo pasó, ni cuándo empezaron los tiros, sólo sé que me tiré al piso, me arrastré hasta el bosque cómo una víbora, entre balas y balas que sonaban por arriba de mi cabeza. En eso, alguien me agarra.  O algo así,  pero igual no puedo moverme por un rato y después me paro, camino agachado y veo muy cerca un tipo caído, como tantos otros, pero éste sobre un fuego o ceniza aún ardiendo.
Al lado, nosotros, dije. Como dos pollos asustados. Pero sin dejar de ver a ese hombre que se quemaba.
Estaban juntos sin conocerse, habían llegado al mismo lugar, él partió de su casa junto a su mujer y su hija. Juan había llegado de Avellaneda y ahora ahí en Ezeiza, juntos.
Hermoso día de fin de otoño, soplaba un vientito suave, el sol calentaba la mañana. Ese día no había clases, se festejaba el Día de la Bandera así que ayudé a mi madre a arreglar la habitación, ordené mis muñecas y desayuné con ella.  Pronto  cumpliré diez años, tendré una fiesta a la que invitaré a mis amigas del barrio y a mis compañeras de escuela. Pero hoy no es día de hablar de eso.  Es 20 de junio y desde hace unas semanas, meses, que mi padre habla de lo mismo, con este con aquel,  que el Tío asumió, que se viene el cambio y que Él vuelve. No hay otro tema, así que seguramente algo importante haremos esta mañana,  fuera de lo común. No lo digo por el feriado sino por los comentarios que escucho al pasar de mi madre y mi padre mientras  se toman unos mates y se preparan para salir.
-¿Vamos? ¿Estás lista? –me dicen.
Salimos  de  casa hacia un destino distinto, desde una calle vamos  a una ruta, cruzamos un arroyo. Nos detenemos en un  puente desde el que se puede ver una muchedumbre que agita banderas que no se alcanzan a leer y se escuchan cánticos, que muy bien no comprendía. Es una procesión. Soy una niña y pregunto, “siempre pregunta” dice mi papá… “¿a dónde va esa gente?”  Él me responde: -Al mismo lugar que vamos nosotros. Nos reímos, seguimos caminando por esa ruta donde ya no circulan autos, donde se ven los micros, los camiones y algunas camionetas estacionados en las verdes banquinas. Se ven ciclistas, que pasan por el costado. Nosotros caminamos por la banquina. Nos  saludan con sonrisas, como si nos conocieran y con un gesto de manos que muestran la V de la Victoria.
Llegamos a un lugar donde hay unos edificios que no conozco, sin que pregunte, mi padre se adelanta y dice: “Esa es la Escuela hogar Evita” y seguimos en dirección a otro puente mucho más grande que el que cruzamos al salir de la casa.
Sobre el puente habían montado un palco, con la “mirada” hacia el sur desde donde llegaban las columnas más numerosas. Ahí,  en ese lugar dirigiría su palabra a la multitud el general cuando arribara al país en el Aeropuerto Ministro Pistarini. El que quedaba muy cerca del improvisado palco sobre la autopista Richeri y ruta 205.
¡No te muevas! ¡Agachate! Grita mi padre con desesperación.
La locura del momento no lo dejaba pensar ni hablar.
-Tenía en el bolsillo el brazalete de delegado de la Juventud Sindical ¡El brazalete verde! Ese era el de la juventud sindical. ¿Te acordás?
-Si, digo y él continúa:
-Me acercan a la orilla de ese primer palco y ahí arriba estaba el lugar en donde hablaba Favio y desde donde hablaría Perón. Todo muy confuso, porque si vos viste en película o fotos sobre  todo esto, habrás visto cómo caía la gente de los parlantes, era desesperante.
Escucha ruidos que al principio no reconocía, luego le cae la ficha, eran tiros como los de las series de TV. Estaban tirados en un suelo cubierto de hojarasca, con ramitas que habían sido cortadas por las balas.
En eso alguien cae sobre un fogón que ya  se estaba apagando, mi padre grita ¡Flaco córrete que te estás quemando! Pero el hombre no se mueve ni responde. El tipo estaba muy mal herido. Vuelve a bajar la cabeza: ¡No mires! Dice mi padre mientras intenta tocar al hombre con una rama.
-Me acerqué como pude hasta ese  tipo que vimos caído sobre el fuego. Te cuento, lo ví caer a ese tipo boca abajo, herido, sobre cenizas que aún ardían, me acerco y al levantarlo, del medio de la cabeza, cuando respiraba, le salía un chorro de sangre. Lo doy vuelta, porque hasta ahí estaba de espalda, y del pecho le salen dos chorros de sangre, tenía dos impactos en medio del pecho, por el corazón. Me desespero, lo arrastro hasta la primera ambulancia, con terror y sin pensar demasiado. Lo subo a la ambulancia y se lo llevan al hospital.
Al rato ya no escuchamos el sonido de las balas, sólo se escuchan las sirenas de las ambulancias, la noche está cayendo y por la ruta van los que pueden caminar por sus propios medios, están abatidos, los rostros muestran la desolación y la desilusión. El miedo se había metido en las venas, se respiraba en el aire. En los cuerpos y en las almas estaba el dolor por lo que pudo ser y no fue.
¡Fue una emboscada! ¡Vamos a casa!  Dice mi padre.
Está amaneciendo, los primeros albores se asoman, una suave brisa de otoño se entromete en el living y pasa las hojas de las revistas rápidamente, como el pasado. Vuelven al presente se sienten muy cansados y se despiden, esa niña de ayer,  hoy joven saluda con su mano haciendo la V de la Victoria.