viernes, 13 de diciembre de 2013

EL VIAJE



Ely apagó la campanilla del reloj despertador. Apenas había podido pegar los ojos. Se sentía muy ansiosa. ¡Por fin había llegado el día del viaje tan esperado! Repasó mentalmente el contenido de su bolso de viaje: cepillo de dientes, ropa interior, los pantalones viejos para tirarse en el pasto, la camisa de jean, el pulóver que le tejió la abuela. Sí, todo parecía estar en orden.
-¿Se habrá despertado Pablo? -se preguntó con preocupación. Desde la cocina se escuchaba la radio encendida. Su madre escuchaba como todas las mañanas, Rapidísimo, su programa favorito. Atravesó el estrecho pasillo que la conducía a la cocina de estilo americano. En la mesa, la espera su desayuno.
-Tomá le leche –le dijo Aidé sin mirarla, mientras lavaba los platos de la cena. El ruido de la vajilla bajo el chorro de agua se mezclaba con las risas estridentes que provenían de la radio.
-¿Pablo no llamó? Si no llega pronto vamos a salir tarde –dijo Ely- con un tono que denotaba su estado de ansiedad.
Aidé que había concluido de lavar los platos, se quitó el delantal y mientras se acomodaba la pollera le dijo a su hija: -¿siempre es lo mismo con vos? Llega el día “D” y te morís de los nervios.
En el garaje, Juan, un hombre alto y con actitud decidida revisaba detenidamente su Renault 4L. No podía dejar nada librado al azar. El viaje que los esperaba, era largo.  La voz de Pablo lo sobresaltó. –¿Todo listo, tío? Voy a buscar a Ely y nos vamos. Pablo desapareció antes de que Juan pudiera contestarle. Diez minutos después, los chicos aparecieron seguidos por Aidé que traía una cesta en la mano izquierda y un gran termo en la derecha.
Como trombas ambos niños subieron al  4L, la niña irradiaba felicidad, la frondosa cabellera que enmarcaba su rostro redondo con cachetes colorados  y su cuerpo menudo para sus diez años,  le daba un aire entre angelical y picaresco. Pablo, en cambio trataba de aparentar una calma que no tenía.
Aidé sostuvo la mano levantada hasta que vio desaparecer el auto en la distancia. Lentamente bajó la mano y se dirigió al interior de la casa.   Un extraño sentimiento de preocupación la embargaba.
El Renault como siempre, respondió. Marchaba lento pero firmemente. Juan encendió la radio. El último éxito de Los Beatles sonaba suavemente. El murmullo de los niños en el asiento trasero le hizo recordar aquellos viajes junto a sus padres y su hermano Luis a bordo de la estanciera gris. –¡veo, veo!  -¿Qué ves?  -Una cosa. -¿Qué cosa? –maravillosa. -¿De qué color? ¡Siempre me hacés trampa!, ¡no juego más! –¡Bueno, dale, no seas maricón, Luicito! Vamos a empezar de nuevo. El ritual del juego se repetía año tras año. Momentos dorados que quedaron grabados a fuego en su memoria. Hacía ya cinco años que Luis se marchó y todavía no podía acostumbrarse a su ausencia.       –Nos vemos en unas semanas –le había dicho aquel día que se marchó para encontrarse con la muerte. Todavía podía sentir el cálido abrazo con el que se habían despedido. -¿Falta mucho, pa? La pregunta lo arrancó  del trance.
-No nena, falta poco –respondió el padre con un rastro de tristeza en la voz.
Urgido por el cansancio de los niños, Juan pisó el acelerador. En los laterales del automóvil iban quedando las  formas difusas de los árboles y arbustos y delante la ruta parecía empequeñecerse. A la distancia comenzaban a asomarse las sierras misteriosas e imponentes, sus laderas pedregosas, agrestes simulaban gigantes cuerpos amorfos.
Presurosos se instalaron en la añosa hostería. Ely seguida por Pablo corría desesperada como si el paisaje tandilense fuera a desaparecer antes de que ellos  llegaran a disfrutarlo. Juan tomó su Polaroid y apuró el paso para alcanzarlos.
-Tío, ¿nos llevás a ver La piedra movediza? –inquirió Pablo. –No podemos irnos sin una foto, sería como no haber estado en Tandil –agregó.
-¡Claro!, no podemos perdernos de nada –respondió Juan. Tomó por los hombros al chico y la mano de su hija, colgó la cámara al cuello y se pusieron en camino.
Juan buscó un punto estratégico para tomar la fotografía perfecta. Ely y Pablo posaron. -¡Vamos!, ¡digan whisky!        -bromeó el improvisado fotógrafo para arrancarles una sonrisa. Apretó el botón de la Polaroid. Tomó la instantánea en blanco y negro, la sostuvo entre las manos, mientras se apretujaban para ver aparecer la imagen. Permanecieron con la vista fija en la fotografía tratando de descifrar de qué se trataba esa forma de contornos difusos que aparecía en el margen izquierdo de la foto. Impulsados por un repentino temor decidieron regresar a su alojamiento.
-¿Tan pronto de regreso? –les preguntó el conserje que era un antiguo poblador de la zona.
Le contaron lo sucedido y le mostraron la foto. Una sombra de temor se apoderó del rostro del hombre.
-Creo que otra vez anda buscando un poco de compañía -dijo el hombre con un tono cargado de misterio.
-¿A qué se refiere? – preguntó Juan.
Les voy a contar una historia, que hasta hoy, creí que sólo era una leyenda.
-Se dice que hace mucho tiempo el cacique de esta zona debía abandonar a sus cinco esposas para casarse con otras cinco. Él amaba a una de ellas, una hermosa joven llamada Mini, con quien decidió quedarse. El consejo de ancianos resolvió secuestrar a la joven y atarla en la punta de una piedra de un cerro. El cacique presentó pelea pero murió en ella, y Mini murió de tristeza atada a la gran piedra, que comenzó a moverse porque su corazón continuaba latiendo. Se dice que hace muchos años, su alma en pena escapó y que desde entonces vaga por estos lados buscando un poco de compañía.
El hombre terminó su relato y dijo –creo que se han topado con Mini.
Juan permaneció unos instantes callado, miró los rostros de los niños y vio sus ojos azorados y una profunda expresión de miedo. Dejó la instantánea en las manos del conserje y les dijo a los chicos –Vamos, nos volvemos hoy mismo a Lanús.
Unos minutos después, el 4L emprendió el regreso. Instintivamente, Ely y Pablo se dieron vuelta para mirar hacia atrás por el parabrisas trasero del vehículo y allí en la amplia escalinata de entrada a la hostería, una bella muchacha con aspecto espectral los miraba alejarse.

PROTOCOLO


Para el trabajo final decidí tomar el artefacto narrativo denominado Polaroid.
Durante la cursada del taller me quedó muy claro que la imagen del escritor inspirado y solitario es irreal. La actividad de escritura presenta infinidad de dificultades. Cada trabajo que tuvimos que realizar implicó horas de trabajo, de investigar en Internet, de marcha y contramarcha en las decisiones.
 Aprendí además, algo muy importante: que no se puede escribir un cuento en una o dos horas.
Con respecto a la elaboración de la versión final y las categorías que solicita la consigna, al cuento original debí realizarle varios cambios. Para ello, tomé en consideración los comentarios realizados por   la profesora y  los comentaristas ocasionales.
Lo primero que tenía que decidir era dónde realizar los cortes, ya que el cuento era muy largo. Decidí mantener todos los personajes, el tiempo, el espacio y la perspectiva,  pero no la temática.
Una vez tomadas estas decisiones, me esperaba el gran desafío de cumplir con  la consigna. Para lograr  el quiebre temporal, se me ocurrió introducir una analepsis: el  recuerdo de la infancia de  Juan y de la muerte de su hermano menor. Por experiencia personal sé que muchas veces los hijos nos retrotraen a nuestra propia infancia. Por esta razón, el murmullo de los chicos en el asiento trasero dispara su recuerdo.
El detalle lo enfoqué  en el personaje de la niña, Ely. Agregué características relacionadas al aspecto de este  personaje.
Por último mi gran problema  era lograr la metalepsis. Decidí mantener uno de los relatos enmarcados de la versión  anterior, la leyenda de La piedra movediza. Después de reescribir muchas veces  el final donde pensaba incluir la metalepsis, me acordé del final de la película “Los otros”, donde un niño se marcha con sus padres  de una mansión habitada por fantasmas y mientras el automóvil se aleja, él mira por el parabrisas  trasero  y ve asomados  en la ventana a los fantasmas que se quedaron en la mansión. De allí tomé  la idea para el final de mi cuento.

También debí cambiarle el título a mi versión final que pasó a llamarse EL VIAJE.

"El regreso" Versión de Mabel Albondanza



    Aquella tarde de 1983 Juan y Raúl se encontraron casi por casualidad, hacía algunos años que no sabían nada uno del otro desde que murió el padre de Raúl. Pero ese día, luego de trabajar, se cruzaron en la avenida Rivadavia. A simple vista había pocos cambios, sólo habían pasado diez años, sólo  canas en la barba, algunos kilos más en Juan y una incipiente calvicie en Raúl.
Al verse rápidamente volvieron al presente muchos recuerdos, Juan recordó el día en que conoció al padre de Raúl, allá en Ezeiza, sobre el puente donde había sido subido de los pelos por un militante peronista,  lo volvió a ver en ese bosque arrastrando al hombre herido. A su mente venían las imágenes de la gente corriendo, las banderas caídas, escuchaba otra vez las sirenas de las ambulancias y los gritos. Volvió a ver a ese niño con su cara de susto muy aferrado a la mano del padre.
El niño, hoy joven se sintió nostálgico e hizo un esfuerzo por no llorar, su padre había muerto a poco de cumplirse 10 años de aquel día trágico.
Juan había partido de su casa en Avellaneda sólo,  con la expectativa de participar de un histórico día.  Raúl partió de Monte Grande de la mano de su padre y ahí en Ezeiza, se encontraron por primera vez.
Por esos días del reencuentro, La Revista Viva editó un dossier especial sobre la Masacre de Ezeiza, pero ese texto no mostraba lo que ellos habían vivido, no obstante Juan leyó el informe, pero lo abandonó en la primera página que decía así:
“El 20 de junio de 1973 fue el día elegido para recibir al ex presidente Perón, luego de 18 años de exilio, en las adyacencias de Ezeiza. Sin embargo, la que tendría que haber sido una fiesta terminó siendo una tragedia, producto del enfrentamiento entre los dos sectores del peronismo: la derecha y la izquierda, que se arrogaban la exclusividad de la figura de Perón. “De todo el país convergían columnas con cientos y miles de argentinos hacia Ezeiza. Las principales columnas eran de los militantes organizados que provenían de las barriadas del conurbano.
             Venían de distintas agrupaciones, de la JP Echeverría, JP Matanza, Montoneros, el movimiento sindical, la CGT y los grupos de la ultraderechista Concentración Nacional Universitaria,  militantes armados del Movimiento Nueva Argentina,  la federación de “culatas operativos” de los sindicatos, el Comando de Organización de Alberto Brito Lima y su socia Norma Kennedy y la vieja guardia militar del coronel Jorge Osinde, reclutado por López Rega. Unidos bajo el mismo lema “Perón vuelve” pero no todos con la misma intención.
Para Juan y para el joven ese día era mucho más que un día histórico sino era el aniversario de la amistad entre el hombre mayor y el padre de Raúl. Y como no podía ser de otra manera siempre que se encontraban hablaban de lo mismo. Y el joven siempre empezaba por el mismo recuerdo.
Ese día nos levantamos temprano, dice Raúl, no había clases, se festejaba el Día de la Bandera.  Es 20 de junio y desde hace unas semanas, meses, que mi padre habla de lo mismo, con este con aquel,  que el Tío asumió, que se viene el cambio y que Él vuelve.
-¿Vamos? ¿Estás listo? –me dice papá.
Salimos  de  casa, papá y yo,  hacia el lugar donde decían que iba  a hablar el general, desde una calle vamos  a una ruta, cruzamos un arroyo. Nos detenemos en el  puente desde el que se puede ver una muchedumbre que agita banderas argentinas, con algunas letras JP, ERP, otras que recién ahora puedo decir qué significan y recuerdo los cánticos, que en ese momento muy bien no comprendía. Parecía una procesión. Pregunto a mi papá… “¿a dónde va esa gente?”  Él me responde: -Al mismo lugar que vamos nosotros, al puente. Seguimos caminando por esa ruta donde ya no circulan autos, ahora se ven los micros, los camiones y algunas camionetas estacionados en las verdes banquinas. Se ven ciclistas, que pasan por el costado. Nosotros caminamos por la banquina. Nos  saludan con un gesto de manos que muestran la V de la Victoria.
Sobre el puente habían montado un palco, con la “mirada” hacia el sur, ahí arriba estaba el lugar en donde ya estaba hablando Favio y desde donde, después, hablaría Perón. Esa palabra que tanto Juan como mi padre esperaban desde hacía tiempo. Llegaban las columnas más numerosas. Ahí,  en ese escenario montado en el puente “El general” (Juan Domingo Perón) dirigiría su discurso a la multitud alegre y esperanzada por la vuelta.
Pero de repente, todo se transformó,  empezaron los  gritos de desesperación,  los estruendos de balas, el  humo, el fuego y olor a pólvora. Se caían las banderas como caían los hombres y las mujeres.
-¡No te muevas! ¡Agáchate! Gritó mi padre con desesperación. Nos detuvimos en el predio conocido como “El Hogar escuela Evita”.
En eso vimos a alguien caído sobre un fogón que ya  se estaba apagando, mi padre gritó ¡Flaco córrete que te estás quemando! Pero el hombre no se movía ni respondía. El tipo estaba quieto. Vi que estaba herido, sobre cenizas que aún ardían, que del medio de la cabeza, cuando respiraba le salía un chorro de sangre. Cuando papá lo dio vuelta, porque hasta ahí estaba de espalda, del pecho le salían dos chorros de sangre, tenía dos agujeros en medio del pecho. Vuelvo a bajar la cabeza: - ¡No mires! Dijo mi padre mientras intentaba tocar al hombre con una rama.
El padre de Raúl se acercó como pudo, sin descuidar a su hijo hasta el tipo caído sobre el fuego. A él lo dejó a resguardo y arrastró al desconocido hasta la primera ambulancia que lo llevaría hasta el hospital.
Al rato ya no escuchamos el sonido de las balas, sólo se escuchan las sirenas de las ambulancias, la noche está cayendo y por la ruta iban los que podían caminar por sus propios medios, estábamos cansados, en el camino de regreso mi padre dijo:
-¡Fue una emboscada! ¡Vamos a casa!   
Así estos hombres con diferencia de edades se encontraban hablando de lo mismo, como si los años no hubieran pasado para Juan y como si el padre de Raúl estuviera aún en la conversación.
 La historia argentina está hecha de recuerdos como estos, donde los enfrentamientos de grupos de derecha generaron hechos fatídicos que dejaron un sabor amargo en quienes los vivieron como estos dos hombres.



Protocolo
       En esta nueva versión de “El regreso” lo primero que hice fue reformular la extensión ya que este relato se extendía más de lo requerido, por ende tuve que reestructurarlo pero tratando de respetar lo escrito, entonces  debí ajustarme a lo que ya tenía y a la vez reducirlo y reformularlo. Leí los comentarios de la profesora y las preguntas que le hacía al texto fueron una guía para revisar y reformular, sacar aquellas expresiones que habían quedado como “tiradas de los pelos” y proponer una vuelta de turca a las ideas originales, considerando las restricciones dadas para esta instancia “dos carillas que incluyan a. una metalepsis, b. una ruptura temporal significativa, c. un detalle propuesto desde la focalización de un personaje” el trayecto de escritura se hizo complejo. 
En principio reformulé el tema de la focalización porque en el primer relato la niña que aparece no es el adulto que recuerda, entonces cambio para  que sea un adulto mayor amigo del padre que se encuentra con el hijo que fue chico para que hable de sus recuerdos del día histórico elegido.
Decidí que los que recuerden sean un hombre mayor y un adulto joven, hijo de otro hombre mayor (que ya murió)  porque los dos estuvieron el 20 de junio del 73 en Ezeiza, y sus recuerdos serán traumáticos por lo tanto este cambio me llevó a modificar el relato marco, el narrador presenta  a los amigos, y dice que el padre del joven ha muerto.
Al releer me pareció oportuno, para no agregar más texto por la restricción de sólo dos hojas, transformar una parte del texto en un relato enmarcado, entonces lo transformé en  una cita de una revista de actualidad (Viva, 1983. Dossier especial al cumplirse Diez años de la masacre de Ezeiza)  la escribí en cursiva para identificar este recurso como un elemento más explicativo que recuerda ese día. Acá tuve un problema porque no encontraba la forma de introducirla, y recordé que el relato marco se situaba en 1983 e iba hacia atrás diez años,  es así que introduje este recurso como para contrastar lo emotivo del recuerdo con la objetividad del informe.
Saqué algunas palabras, frases, párrafos que me parecieron innecesarios en el relato, que no aportaban  nada significativo, no retardaban el desenlace, no servían para nada, sino que por el contrario eran cuestiones poco verosímiles, como las revistas en el encuentro después de la cena. O, aquella expresión “En eso alguien me agarró” que no es clara, porque no se refiere a cuando lo agarraron de los pelos para subir al puente.  Lo dejé simplemente como una analepsis en el relato marco donde Juan refiere a lo vivido en el pasado.
También quité un brevísimo monólogo en el que Juan se refiere al brazalete de delegado. Me sonó forzado debido a que estos personajes eran un hombre común y el padre de un niño que no eran militantes partidarios ni sindicalistas, sólo simples ciudadanos, algo que contrasta con el relato enmarcado, la cita de la revista.
Cuando  trabajé la categoría “detalles” me centré en los recuerdos del niño, en la salida de la casa para llegar a Ezeiza, como también en los detalles con los que el joven describe el estado del hombre herido que ha quedado en su memoria, el chico que vio, el joven que recuerda. Otro detalle que agregué está en el puente, el palco donde hablaría Perón,  es en ese  el lugar desde donde los ve el hombre mayor luego de que lo subieran de los pelos.  
Por último agregué una reflexión como narrador extradiegético, no pertenece a la historia, pero da su opinión sobre la misma y los sentimientos de los protagonistas.
Esto es lo que pude hacer, escribí y borré muchas veces hasta llegar a este artefacto que más o menos me conforma. Como el tiempo para subirlo al blog expira pronto, lo dejo así, lo suelto a la blogósfera, como un globo y que se vaya desinflando de a poco.

ELEFANTE PSI (VERSIÓN FINAL MÁS PROTOCOLO)



A Javier Villafañe le encantan los animales pero en donde vive no tiene lugar para mascotas y mucho menos para un elefante. Desde chico siempre le gustaron los elefantes. Es más, en el barrio en que vive no se ven animales. Algo rarísimo. Muchas familias y numerosas no tienen ni perros ni gatos.

De chico cuando leía “El principito” se enojaba porque un elefante estaba dentro de una boa. Y se la pasaba dibujando elefantes que aplastaban boas. Le gustaba dibujar todo tipo de animales.

Ayer estaba leyendo nuevamente El principito y miraba el muro blanquecino, casi impoluto que está a pasitos de la placita de su barrio varelense. Piensa lo aburrido que es mirar por su ventana y encontrar siempre ese muro vacío. Es la primera vez en dos años que está vacío. Piensa  en pintar algo. Algo que refleje en un solo impacto el mundo. O al menos su mundo. Que la gente se detenga y contemple la vida desde otra perspectiva. Recuerda a su  hermano mayor que dibujaba muy bien y le gustaba pintar paredes. Al principio pintaba frases sin sentido. Después algunas imágenes. Javier  siempre quiso saber qué se sentía pintar una pared con una frase o un dibujo. Pero nunca pasó de pintar las paredes de la casa de sus padres en la cual vivía.  Lo mío pasa por la fotografía,  profesión que por suerte me da de comer- se enorgullece.

Cuando cumplió los diez años su papá le preguntó que quería de regalo.
     Pa, quiero un elefante. Respondió.
El padre siempre le  daba la misma respuesta: –Javi,  los elefantes son caros y difíciles de conseguir. Además no tenemos lugar donde meterlo. Sos chiquito y te puede aplastar.  Javier sólo quería uno. Lloraba desconsoladamente, sólo su madre lo consentía.

Javier vuelve al presente y está decidido. Tiene  todos los pinceles, pinturas y aerosoles de varios colores y materiales necesarios para pintar su graffiti. Para que éste  le dé otros colores a su  vida cuando mire desde su ventana. Es extraño pero cuando pintó los primeros trazos no pudo dejar de pensar en su  infancia cuando tanto deseaba un elefante.  Recordó también a su mamá leyéndole “La noche del elefante”, por las noches en su cama. Cuando él estaba con cara larga ella  lo cargaba y le preguntaba con una frase de ese cuento ¿qué pasa que hoy andás más trompudo que de costumbre?

En pocas horas terminará de pintar esta obra que seguramente perdurará por mucho tiempo. Por esto hoy deja la cámara, toma los pinceles y los aerosoles. La creación de su grafitti tal vez calme un poco su dolor, y la soledad que le  acosa desde que se murió su madre, de esa enfermedad que la aquejaba sin él darse cuenta. Habían transcurrido dos años ya de aquel día fatal.

Pasa un día entero dibujando y pintando. El  trabajo ya está terminado  incluye un elefante psicodélico, un dinosaurio de esos de cuellos largos más una gran flor  azul con vestigios de amarillos y un grupo de altos edificios. Una frase da vueltas en su cabeza, una canción “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron” y con el aerosol la estampa también en la pared. Una estafa sobrevuela en su mente.  La vida de su madre fue robada, él se siente estafado de amor. Alguien lo espía y quiere interrumpir su tarea. Pero no se anima.

  Al día siguiente, luego de terminar de trabajar llega a su casa. Se prepara unos mates y comienza a revelar las últimas fotos del partido que cubrió en cancha de Defensa y Justicia que cayó derrotado ante Banfield. Busca un disco de Pink Floyd y lo mete en la computadora. Extrañamente, suena esa canción que reconoció rápidamente “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron”. Es Latinoamérica de Calle 13. No puede quitarse esos sonidos de la cabeza y se desmaya.

 El joven fotógrafo, nacido en Varela, el lugar donde nació también su madre,  vuelve en sí gracias a la ayuda de su hermano que pasó a visitarlo. Lo acompaña, cenan, charlan del partido que perdió Defensa y se despiden. Pero antes, Javier se para frente a una ventana que da a la pared pintada, y sin querer empieza a contarle a Pablo, su hermano menor, lo que estuvo sintiendo en esos días. Le contó que escuchó sin proponérselo esa canción y mientras pintaba se le venía el rostro de su madre. Le habla también de su temor. Teme que al intentar escuchar un disco de Pink Floyd pase nuevamente lo que antes.
El hermano le dice: ¿Qué, es por mamá? Y sigue: -Justo por estos días se cumplen dos años sin ella. Yo también sentí su ausencia, sentí una especie de  presentimiento, vine urgente a tu casa y te encontré en el suelo.
Pablo no cuestiona las sensaciones de su hermano y le dice que lo llamé inmediatamente si se mantienen sus miedos.

-       ¿Javi por qué no me dijiste que ibas a pintar ese grafitti en el muro de tu barrio? Yo te vi el otro día pintándolo. Vi como te compenetrabas en cada trazo, vi y sentí como todo tu cuerpo temblada y te impedía continuar. Yo quería ayudarte pero siempre odié los elefantes. No supe que hacer y sólo me deleite viéndote trabajar como nunca. Casi que no te reconozco. Pero tu mirada era la de mamá cuando te leía ese maldito cuento bajo la sombra de ese muro y un árbol que ya no está. Como jodías con los elefantes.

Javier está confundido y se mantiene callado.


Pablo sabe que no tiene nada más que hacer en casa de su hermano. Se despide preocupado porque tiene que atender a su familia. Aún le quedan algunas palabras. Se despide lacónico “pensá en otra cosa, resistí”. Es lo que yo hago desde hace dos años.

Una vez solo, Javier coloca un disco, otro disco y otro y la canción es única, es la misma Latinoamérica.

      Javier que no puede imaginar, ni recordar  pero lo intenta y bucea en su mente. Cómo llegó esa canción a su vida y cómo se estaba apoderando de ella. Ahora recuerda, fue su madre quien se la recomendó apenas había sido el primer corte de difusión del disco de Calle 13.  En la madrugada, sin saber por qué se dirigió a la  plaza inerte, desolada, sin que nadie la camine por sus largos senderos. Se detuvo nuevamente ante esas imágenes que hace poco había pintado. Sin embargo,  en las penumbras de la mañana parecían más vivas que nunca. Con la cámara al cuello y en cuclillas contempló cada color, cada contorno, cada imagen que salió de su cabeza.  No hizo falta una foto. Desde esos días Javier convive a diario con esa canción que lo perturba con mayor o menor frecuencia. Recordó las palabras de su hermano cuando le dijo “pensá en otra cosa, resistí”. Y así fueron los días de Javier.

Tres años después de haber publicado este cuento en un diario de Varela, un apesadumbrado Javier Villafañe, se me aparece en una escuela en la que trabajo y me pregunta:
-¿es usted Escobar Miguel? Sí, soy yo.
-Necesito hablar con usted. Está bien, espere que termine con la clase y hablamos.
No importa cómo me localizó pero me exigió explicaciones sobre el cuento, Elefante Psi, qué porqué no le cambiaba el final o lo reescribía con un final feliz. Cómo si yo manejara el destino de su vida. Cómo si yo fuera un titiritero. Discutimos horas y horas de manera tensa al principio y después más cordialmente. Yo tenía pensado cambiar cosas en ese cuento y en otros. Era una etapa de revisión para una futura publicación. Y su encuentro me vino bárbaro. Lo voy a retocar pero como a mí se me antojé no cómo él quiere. Le dije que probara destruyendo el grafitti que había pintado o que hablara con Mabel o Gladis que también habían participado de la escritura ¡Qué ellas se hagan cargo también!. Me miró socarronamente y se fue meditabundo con la promesa de volver a buscarme y no muy amistosamente. Días después pasé por aquella plaza y dicho grafitti ya no estaba. Tampoco supe de él. Ya no me interesa. Ahora quisiera escribir sobre su hermano Pablo y su destino. Algo así como una segunda parte de este Elefante Psi.

PROTOCOLO
El primer paso a la hora de armar el protocolo fue leer una versión anterior del cuento que estaba comentada para saber si podía aprovechar algo de lo comentado. Pero como ya había aprovechado los comentarios en otra instancia esta búsqueda fue estéril. Después hice otra lectura de otra versión (la anterior a esta definitiva) en papel impreso. En esta detecte algunos errores de construcción sintáctica que adecué. En otra lectura cambié una frase entera de lugar. Del inicio de un párrafo la ubique al final y quedó mucho mejor.
Pero antes de todo esto la preocupación estaba en como incluir la metalepsis, la ruptura temporal y el detalle, en qué lugar del cuento y con cuál de ellas comenzar.
Cómo no me gustaba el final de la versión a trabajar pensé en cambiarla o acortarla y que fuera un final con sufrimiento del personaje. Se me ocurrió despreciar al personaje y vislumbrar una segunda parte del cuento que pudiera  ser o no escrita con otro protagonista (como se sugiere al final del cuento con Pablo). Por lo tanto, pensé que el personaje que sufre podía entrar en diálogo y discusión con el autor. Así que ahí nace la metalepsis. Un personaje que lee su historia en un cuento publicado en un diario y que quiere un final distinto. Luego de agregar la metalepsis sentí  que el cuento podría ser mucho más extenso pero tuve que atenerme a las restricciones de espacio. Me hubiera gustado extenderme más en un dialogo entre el autor del cuento y el personaje.  Pero todavía me faltaba la focalización. Así que tuve que frenarme en un desarrollo más largo en la discusión entre el personaje y autor. Con la metalepsis también se resolví la cuestión temporal porque entre la publicación del cuento y el reclamo del personaje al autor pasan tres años.
Una vez resuelto todo esto me faltaba agregar el detalle. Donde incluirlo y que fuera significativo. Pensé que Pablo podía ser el encargado de hacerlo. Pero no sabía cómo. Se me ocurrió que él podía saber algo acerca de la idea de que Javier quería pintar un grafitti. Al llegar a este punto me trabé. Después se me ocurrió que Pablo podía hablar del muro.  Pensé que a él no le gustaban los elefantes y eso le podría dar otro condimento al cuento y podría colaborar en el detalle (así fue esto). Hasta imaginé que algún segmento del narrador podía estar a cargo de Pablo. Pero descarté esto porque él se convierte en observador de la obra de su hermano.
Para el detalle pensé en un personaje que no fuera el hermano y  que esté observando a Javier  pero que se devele más tarde.  Pero era más fácil que el detalle lo diera un personaje de la historia así que me decidí por su hermano y lo presento simplemente como alguien (que) espía”; y que éste más tarde focalice esa tarde en que Javier pintaba. Al incluir este nuevo elemento se me ocurrió que ese muro tenía que tener algún simbolismo para él o ellos. Entonces juego con la idea de la muerte de su madre y la muerte del muro que siempre tuvo alguna inscripción o imagen. A su vez agregué una frase que al principio pensé en aclararla (Es la primera vez en dos años que está vacío) pero me pareció más interesante no hacerlo para que la misma tuviera un doble sentido. Javier y el muro vacíos. Como si al pintarlo ganara vida. Para lo cual el  siempre habitó esa casa y no como se sugiere en la versión anterior. Dato que es modificado. La intervención de Pablo con su voz explica un poco la importancia de ese espacio (el muro) y brinda información que el narrador no incluye en su momento. Ahí entonces está la novedad de este personaje que le quita la palabra al narrador que venía contando en tercera persona.
Cuando le hago decir a Pablo “pensá en otra cosa” y “resistí” las tomé de mi realidad cuando en momentos determinados de mi vida mis amigos me las pronunciaron. Era algo contundente y Pablo tenía que decir algo así a su hermano. Así que me parecían que venían como anillo al dedo por lo que estaban sintiendo ambos hermanos por la pérdida de su madre. Primero la incluí al final como cierre parcial del cuento pero como eran palabras que Javier tenía muy presente de un encuentro anterior las tuve que repetir en el momento en que Pablo visita a su hermano porque hasta ese momento no existían y no había otro momento para incluirlas.
En las versiones anteriores el personaje principal no tenía apellido. Le coloqué uno para darle una entidad y me surgió por asociación: Villafañe (Javier). Dicha entidad está dada por la impronta de este autor en nuestra literatura,  me viene a la mente “Villafañe” pero en un juego de inversiones. Acá Javier es un personaje digitado por otro, manipulado por el autor como el Villafañe real hacía con sus creaciones, en especial con sus títeres.
Una vez que pensé que el cuento estaba finalizado me vino una idea que antes había pensado. La idea era mencionar a mis compañeras de escritura (Mabel y Gladis) en el cuento. De modo que el autor acosado por Javier no fuera uno sólo y jugar con la cuestión de deslindar “responsabilidades” en la confección del cuento. Inmediatamente después de esto me pregunté si la metalepsis la era. Tengo mis dudas.

                                                                    ESCOBAR MIGUEL




viernes, 6 de diciembre de 2013

Elefante Psi





A Javier le encantan los animales pero en donde vive no tiene lugar para mascotas y mucho menos para un elefante. Desde chico siempre le gustaron los elefantes. Es más, en el barrio en que vive no se ven animales. Algo rarísimo. Muchas familias y numerosas no tienen ni perros ni gatos.

De chico cuando leía “El principito” se enojaba porque un elefante estaba dentro de una boa. Y se la pasaba dibujando elefantes que aplastaban boas. Le gustaba dibujar todo tipo de animales.

Ayer estaba leyendo nuevamente El principito y miraba el muro blanquecino, casi impoluto que está a pasitos de la placita de su barrio varelense. Piensa lo aburrido que es mirar por su ventana y encontrar siempre ese muro vacío.  Piensa  en pintar algo. Algo que refleje en un solo impacto el mundo. O al menos su mundo. Que la gente se detenga y contemple la vida desde otra perspectiva. Recuerda a su  hermano mayor que dibujaba muy bien y le gustaba pintar paredes. Al principio pintaba frases sin sentido. Después algunas imágenes. Javier  siempre quiso saber qué se sentía pintar una pared con una frase o un dibujo. Pero nunca pasó de pintar las paredes de las casas que habitó. Lo mío pasa por la fotografía,  profesión que por suerte me da de comer- se enorgullece.

Cuando cumplió los diez años su papá le preguntó que quería de regalo.
     Pa, quiero un elefante. Respondió.
El padre siempre le  daba la misma respuesta: –Javi,  los elefantes son caros y difíciles de conseguir. Además no tenemos lugar donde meterlo. Sos chiquito y te puede aplastar.  Javier sólo quería uno. Lloraba desconsoladamente, sólo su madre lo consolaba.

Javier vuelve al presente y está decidido. Tiene  todos los pinceles, pinturas y aerosoles de varios colores y materiales necesarios para pintar su graffiti. Para que éste  le dé otros colores a su  vida cuando mire desde su ventana. Es extraño pero cuando pintó los primeros trazos no pudo dejar de pensar en su  infancia cuando tanto deseaba un elefante.  Recordó también a su mamá leyéndole “La noche del elefante”, por las noches en su cama. Cuando él estaba con cara larga ella  lo cargaba y le preguntaba con una frase de ese cuento ¿qué pasa que hoy andás más trompudo que de costumbre?

En pocas horas terminará de pintar esta obra que seguramente perdurará por mucho tiempo y la soledad que le  acosa desde que se murió la madre, de esa enfermedad que la aquejaba sin él darse cuenta. Habían transcurrido dos años ya de aquel día fatal. La creación de ese mural, por eso hoy deja la cámara y toma los pinceles y los aerosoles, esto  tal vez atenúe ese dolor.

Pasa un día entero dibujando y pintando. El  trabajo ya está terminado  incluye un elefante psicodélico, un dinosaurio de esos de cuellos largos más una gran flor  azul con vestigios de amarillos y un grupo de altos edificios. Una frase da vueltas en su cabeza, una canción “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron” y con el aerosol la estampa también en la pared. Una estafa sobrevuela en su mente.  La vida de su madre fue robada, él se siente estafado de amor.

  Al día siguiente, luego de terminar de trabajar llega a su casa. Se prepara unos mates y comienza a revelar las últimas fotos del partido que cubrió en cancha de Defensa y Justicia que cayó derrotado ante Banfield. Busca un disco de Pink Floyd y lo mete en la computadora. Extrañamente, suena esa canción que reconoció rápidamente “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron”. Es Latinoamérica de Calle 13. No puede quitarse esos sonidos de la cabeza y se desmaya.

 El joven fotógrafo, nacido en Varela, el lugar donde nació también su madre,  vuelve en sí gracias a la ayuda de su hermano que pasó a visitarlo. Lo acompaña, cenan, charlan del partido que perdió Defensa y se despiden. Pero antes se para frente a una ventana que da a la vieja pared pintada, y sin querer empieza a contarle a Pablo, su hermano menor, lo que estuvo sintiendo en esos días. Le contó que escuchó sin proponérselo cuando estaba pintando esa canción y a la vez se le venía el rostro de su madre, también le habla de su temor. Teme que al intentar escuchar un disco de Pink Floyd pase nuevamente lo que antes.
El hermano le dice: ¿Qué, es por mamá? Y sigue: -Justo hoy se cumplen dos años sin ella. Yo también sentí su ausencia, sentí una especie de  presentimiento, vine urgente a tu casa y te encontré en el suelo.
Pablo no cuestiona las sensaciones de su hermano y le dice que lo llamé inmediatamente si se mantienen sus miedos. Se despide preocupado porque tiene que atender a su familia.

Una vez solo, Javier coloca un disco, otro disco y otro y la canción es única, es la misma Latinoamérica.

      Javier que no puede imaginar, ni recordar  pero lo intenta y bucea en su mente. Cómo llegó esa canción a su vida y cómo se estaba apoderando de ella. Ahora recuerda, fue su madre quien se la recomendó apenas había sido el primer corte de difusión del disco de Calle 13.  En la madrugada, sin saber por qué se dirigió a la  plaza inerte, desolada, sin que nadie la camine por sus largos senderos. Se detuvo nuevamente ante esas imágenes que hace poco había pintado. Sin embargo,  en las penumbras de la mañana parecían más vivas que nunca. Con la cámara al cuello y en cuclillas contempló cada color, cada contorno, cada imagen que salió de su cabeza.  No hizo falta una foto. Se liberó de esa carga que significaba esa canción, volvió a ser niño cuando recordó la imagen de su madre consolándolo porque su padre no quiso comprarle el elefante.