viernes, 8 de noviembre de 2013

El regreso



    Aquella tarde se encontraron casi por casualidad, hacía muchos años que no sabían nada uno del otro. Pero ese día, luego de trabajar, se cruzaron en la avenida Rivadavia. A simple vista había pocos cambios, canas en la barba, algunos kilos más y miradas menos vivaces.
Así, al verse repentinamente, se estrecharon en un abrazo, se reencontraron con sus recuerdos y a los pocos días compartían una cena en la casa de uno de ellos. Cenaron  en familia, la de uno y la de otro. En la mesa del living parecieron volver a vivir una época, un momento de sus vidas que reflejaba la vida de la Argentina. En esa charla de reencuentro el pasado quiso hacerse presente con ayuda de las imágenes de los periódicos de la época que aún guardaban más una revista que había sido editada en esos días del reencuentro al cumplirse una década de la masacre.  La charla transcurría entre café y café, una joven participaba de esa conversación nostálgica y trágica a la vez.
-¡Ese tipo soy yo! Dice, señalando con su dedo índice. -Ese hombre que está colgado de los pelos, ¿ves?  Dice con énfasis. Y continúa…-Con suerte,  me agarraron de los pelos y me subieron al puente. Sino, hoy no estaría contando el cuento.
-Así es la vida, viejo. Respondió. -En Ezeiza estuvimos todos, los buenos y los malos. Llegábamos de un lado y del otro, del sur, del norte, en caravanas, caminando, en micros, autos y bicicletas.
Los dedos pasan las hojas de la revista que se encargó de hacer un dossier especial al cumplirse los 10 años de ese día que fue considerado “La masacre de Ezeiza”
De todo el país convergían aquel 20 de junio columnas con cientos y miles de argentinos hacia Ezeiza. Las principales columnas eran de los militantes organizados que provenían de las barriadas del conurbano.
             Venían de distintas agrupaciones, de la JP Echeverría, JP Matanza, Montoneros, el movimiento sindical, la CGT y los grupos de la ultraderechista Concentración Nacional Universitaria,  militantes armados del Movimiento Nueva Argentina,  la federación de “culatas operativos” de los sindicatos, el Comando de Organización de Alberto Brito Lima y su socia Norma Kennedy y la vieja guardia militar del coronel Jorge Osinde, reclutado por López Rega. Unidos bajo el mismo lema “Perón vuelve” pero no todos con la misma intención.
El Tío Cámpora, como lo llamaban los jóvenes peronistas, había asumido la presidencia  el 25 de mayo de 1973, con el compromiso de traerlo de nuevo al país después de dieciocho años de exilio en Madrid, junto a la Chabela.
-No sé cuánto tiempo pasó, ni cuándo empezaron los tiros, sólo sé que me tiré al piso, me arrastré hasta el bosque cómo una víbora, entre balas y balas que sonaban por arriba de mi cabeza. En eso, alguien me agarra.  O algo así,  pero igual no puedo moverme por un rato y después me paro, camino agachado y veo muy cerca un tipo caído, como tantos otros, pero éste sobre un fuego o ceniza aún ardiendo.
Al lado, nosotros, dije. Como dos pollos asustados. Pero sin dejar de ver a ese hombre que se quemaba.
Estaban juntos sin conocerse, habían llegado al mismo lugar, él partió de su casa junto a su mujer y su hija. Juan había llegado de Avellaneda y ahora ahí en Ezeiza, juntos.
Hermoso día de fin de otoño, soplaba un vientito suave, el sol calentaba la mañana. Ese día no había clases, se festejaba el Día de la Bandera así que ayudé a mi madre a arreglar la habitación, ordené mis muñecas y desayuné con ella.  Pronto  cumpliré diez años, tendré una fiesta a la que invitaré a mis amigas del barrio y a mis compañeras de escuela. Pero hoy no es día de hablar de eso.  Es 20 de junio y desde hace unas semanas, meses, que mi padre habla de lo mismo, con este con aquel,  que el Tío asumió, que se viene el cambio y que Él vuelve. No hay otro tema, así que seguramente algo importante haremos esta mañana,  fuera de lo común. No lo digo por el feriado sino por los comentarios que escucho al pasar de mi madre y mi padre mientras  se toman unos mates y se preparan para salir.
-¿Vamos? ¿Estás lista? –me dicen.
Salimos  de  casa hacia un destino distinto, desde una calle vamos  a una ruta, cruzamos un arroyo. Nos detenemos en un  puente desde el que se puede ver una muchedumbre que agita banderas que no se alcanzan a leer y se escuchan cánticos, que muy bien no comprendía. Es una procesión. Soy una niña y pregunto, “siempre pregunta” dice mi papá… “¿a dónde va esa gente?”  Él me responde: -Al mismo lugar que vamos nosotros. Nos reímos, seguimos caminando por esa ruta donde ya no circulan autos, donde se ven los micros, los camiones y algunas camionetas estacionados en las verdes banquinas. Se ven ciclistas, que pasan por el costado. Nosotros caminamos por la banquina. Nos  saludan con sonrisas, como si nos conocieran y con un gesto de manos que muestran la V de la Victoria.
Llegamos a un lugar donde hay unos edificios que no conozco, sin que pregunte, mi padre se adelanta y dice: “Esa es la Escuela hogar Evita” y seguimos en dirección a otro puente mucho más grande que el que cruzamos al salir de la casa.
Sobre el puente habían montado un palco, con la “mirada” hacia el sur desde donde llegaban las columnas más numerosas. Ahí,  en ese lugar dirigiría su palabra a la multitud el general cuando arribara al país en el Aeropuerto Ministro Pistarini. El que quedaba muy cerca del improvisado palco sobre la autopista Richeri y ruta 205.
¡No te muevas! ¡Agachate! Grita mi padre con desesperación.
La locura del momento no lo dejaba pensar ni hablar.
-Tenía en el bolsillo el brazalete de delegado de la Juventud Sindical ¡El brazalete verde! Ese era el de la juventud sindical. ¿Te acordás?
-Si, digo y él continúa:
-Me acercan a la orilla de ese primer palco y ahí arriba estaba el lugar en donde hablaba Favio y desde donde hablaría Perón. Todo muy confuso, porque si vos viste en película o fotos sobre  todo esto, habrás visto cómo caía la gente de los parlantes, era desesperante.
Escucha ruidos que al principio no reconocía, luego le cae la ficha, eran tiros como los de las series de TV. Estaban tirados en un suelo cubierto de hojarasca, con ramitas que habían sido cortadas por las balas.
En eso alguien cae sobre un fogón que ya  se estaba apagando, mi padre grita ¡Flaco córrete que te estás quemando! Pero el hombre no se mueve ni responde. El tipo estaba muy mal herido. Vuelve a bajar la cabeza: ¡No mires! Dice mi padre mientras intenta tocar al hombre con una rama.
-Me acerqué como pude hasta ese  tipo que vimos caído sobre el fuego. Te cuento, lo ví caer a ese tipo boca abajo, herido, sobre cenizas que aún ardían, me acerco y al levantarlo, del medio de la cabeza, cuando respiraba, le salía un chorro de sangre. Lo doy vuelta, porque hasta ahí estaba de espalda, y del pecho le salen dos chorros de sangre, tenía dos impactos en medio del pecho, por el corazón. Me desespero, lo arrastro hasta la primera ambulancia, con terror y sin pensar demasiado. Lo subo a la ambulancia y se lo llevan al hospital.
Al rato ya no escuchamos el sonido de las balas, sólo se escuchan las sirenas de las ambulancias, la noche está cayendo y por la ruta van los que pueden caminar por sus propios medios, están abatidos, los rostros muestran la desolación y la desilusión. El miedo se había metido en las venas, se respiraba en el aire. En los cuerpos y en las almas estaba el dolor por lo que pudo ser y no fue.
¡Fue una emboscada! ¡Vamos a casa!  Dice mi padre.
Está amaneciendo, los primeros albores se asoman, una suave brisa de otoño se entromete en el living y pasa las hojas de las revistas rápidamente, como el pasado. Vuelven al presente se sienten muy cansados y se despiden, esa niña de ayer,  hoy joven saluda con su mano haciendo la V de la Victoria.




1 comentario:

  1. El texto comienza con una breve presentación hecha por un narrador heterodiegético con focalización cero omnisciente que relata el encuentro entre dos amigos que se conocían de tiempo atrás y que deciden reunirse. Durante ese encuentro rememoran hechos de su vida vinculados con la historia del país. Así, en el relato se produce una oscilación entre el pasado y el presente. El tiempo base es el momento en que esas dos personas se cruzan y comparten una cena en la que se encuentra la hija de uno de los presentes. Durante la cena reviven hechos del pasado y acompañan esos recuerdos con fotos de revistas y diarios que les ayudan a reconstruir ese ayer evocado.
    Al principio se recurre a un diálogo en el que se plantea la escena clave del pasado que se recuerda: una situación en la que se congregaban personas y distintas agrupaciones provenientes de distintos lugares, y se vislumbra que el hecho a que se refiere es la llegada del Gral. Juan Domingo Perón a Argentina luego de su prolongado exilio. Se intercala la voz de uno de los personajes que cuenta su experiencia de los hechos.
    El recurso sistemáticamente utilizado para instalar el pasado es el recuerdo a través del cambio de narradores en los que se focaliza el relato: uno es aquel que se lleva adelante por medio de una focalización interna que representa la perspectiva de los personajes que llegan a Ezeiza y, luego, la joven que narra desde una doble perspectiva: la de niña y la de joven. Cuando cambia el narrador cambia la focalización en el relato.
    El salto de la mirada adulta a la mirada infantil se logra a través del recuerdo de la joven. Cuando comienza a narrar aquel 20 de junio en que ayudó a su madre a limpiar las habitaciones y desayunó con ella al mismo tiempo que remite a que pronto cumpliría 10 años y haría una fiesta pero que no era momento de hablar de eso porque recuerda que el tema de conversación en esos días era arribo de “Él”, en alusión al momento histórico del arribo de Perón a Ezeiza.
    La focalización desde la perspectiva de la niña está puesta en ese día trágico. Y la joven retoma ese pasado evocando los detalles de lo ocurrido.
    Se produce un nuevo cambio de narrador y se focaliza en la perspectiva del padre que interviene a través del discurso directo para finalmente cerrar el texto con la exclamación del padre planteando que deben regresar. Entonces se regresa al tiempo cero del relato en el que la joven que había participado de ese terrible episodio siendo una niña, se despide haciendo la V de la Victoria. Este gesto funciona como un enlace del pasado y el presente para destacar, simbólicamente, que los ideales siguen en pie, a pesar de todo.

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