viernes, 22 de noviembre de 2013

POLAROID


Ely  apagó la campanilla del reloj despertador. Apenas había podido pegar los ojos. Se sentía muy ansiosa. El viaje  planeado desde hacía tanto tiempo, ¡por fin había llegado el día! Repasó mentalmente el contenido de su bolso de viaje: cepillo de dientes, ropa interior, los pantalones viejos para tirarse en el pasto, la camisa de jean, el pulóver que le tejió la abuela. Sí, todo parecía estar en orden.  
 _ ¿Se  habrá despertado Pablo? _se preguntó con preocupación. Desde la cocina se escuchaba  la voz familiar de Héctor Larrea. Su madre escuchaba como todas las mañanas, Rapidísimo, su programa radial favorito. Atravesó el estrecho pasillo que la conducía a la cocina de estilo americano. En la mesa, la esperaba su desayuno.
_ Tomá la leche.  _le dijo Aidé sin mirarla, mientras  lavaba los platos de la cena. El ruido de la vajilla bajo el chorro de agua se mezclaba con las risas estridentes de Beba y Rina que le contaban a Larrea, sus correrías en la fiesta a la que habían asistido la noche anterior.
_¿Pablo no llamó? Si no llega pronto saldremos tarde _dijo Ely_ pasándose las manos por el cabello.
Aidé que había concluido de lavar los platos, se quitó el delantal y mientras se acomodaba la pollera le dijo a su hija:   _ ¿siempre es lo mismo con vos? Llega el día “D” y te morís de los nervios.
En el garaje, Juan, un hombre alto y con actitud decidida revisaba detenidamente su Renault 4L. Siempre había sido muy responsable cuando tenía que conducir una gran distancia. No podía dejar nada librado al azar. La voz de Pablo lo sobresaltó.  _ ¿Todo listo, tío? Voy  a buscar a Ely y nos vamos. Pablo desapareció antes de que Juan pudiera contestarle. Diez minutos después, los chicos aparecieron cargando sus bolsos seguidos por Aidé que traía una cesta en la mano izquierda y un gran termo en la derecha.  
Como trombas ambos niños subieron al 4 L, la niña irradiaba felicidad, sus mejillas parecían más rosadas y abultadas que nunca. Pablo, en cambio trataba de aparentar una calma que no tenía.
Aidé sostuvo  la mano levantada hasta que vio desaparecer el auto en la distancia. Con una sonrisa a flor de labios, bajó la mano y se dirigió al interior de la casa. Mientras levantaba la mesa del desayuno se sintió aliviada de no haber tenido que padecer ese largo viaje en el que sus nervios terminarían destrozados.
_ Es  inminente la llegada del hombre a la luna, el Apolo 11 está a punto de alunizar _ decía Larrea. Beba Y Rina hacían un comentario gracioso y otra vez sus risas sonaron en el éter.
El Renault como siempre, respondió. Marchaba lento pero firmemente. Juan encendió la radio. Escuchaba atento la transmisión.
 _ ¿Qué significa alunizaje, papá? _preguntó Ely.
 _Significa que el hombre por primera vez  pondrá sus pies en el suelo de la luna  _respondió Juan con aires de estar diciendo algo trascendental.
 _ ¿Vos crees que hallarán vida allí, tío?  _ Intervino Pablo.
 _No creo que estén dadas las condiciones atmosféricas ni de gravedad para que eso pueda ser posible _contestó Juan cuyas palabras cada vez sonaban más eruditas para los niños.

La ruta se estrechaba en el frente del automóvil,  a los costados iban quedando las formas difusas de los árboles y arbustos.  A la distancia comenzaban a asomarse las sierras misteriosas e imponentes, sus laderas pedregosas, agrestes simulaban gigantes cuerpos amorfos. En la cima se vislumbraba el extremo de una enorme y  blanca cruz semejante a un altísimo hombre que con sus brazos extendidos al cielo imploraba clemencia. 
Presurosos se instalaron en la vieja hostería. Ely seguida por Pablo corría desesperada como si el paisaje tandilense fuera a desaparecer antes de que ellos llegaran a disfrutarlo. Juan tomó su Polaroid  y apuró su paso para alcanzarlos. Los  días pasaron infinitamente veloces. La tarde en que debían regresar, comenzaba a declinar.
_¿Nos sacás una foto, papi?
 _¿Sabés?, estaba pensando en mamá, que se perdió estos  maravillosos días. ¿Papi, por qué a  mamá la asusta tanto este lugar? _preguntó imprevistamente la niña.
Juan se quedó  en silencio un momento como si buscara un recuerdo olvidado en un rincón de su memoria. Luego comenzó a contar. Las palabras fueron saliendo de su boca, cargadas de temor.
Hace tiempo, cuando vos todavía no existías, tu mamá y yo vinimos a Tandil. Por supuesto,  no podíamos dejar de hacer el paseo obligado: el lugar donde en algún tiempo  estuvo  La piedra movediza. Aquella mañana desayunamos algo ligero y nos pusimos en  camino hacia aquel lugar.
_No olvides la cámara _me dijo. Se veía tan joven, tan hermosa con su falda negra y su camisa roja.                            
Ya casi llegábamos al lugar, cuando atrajo nuestra atención un extraño vaho que provenía de una cueva rocosa. El vaho se fue transformando en una luz intensa. Aidé me tomó la mano y me apretó con fuerza.
_¿Qué es eso?  _me dijo casi en un susurro.
_No lo sé, es algo muy extraño. Pero no te preocupes no nos va a pasar nada _ traté de tranquilizarla. Avanzamos muy juntos, como atraídos por esa luz, que resultaba irresistible. Ya casi al borde de la cueva, nos vimos envueltos por la luminosidad que nos poseía y trataba de meternos adentro de la cueva. Nos sujetamos con todas nuestras fuerzas y un instante después, fuimos transportados por la fuerza luminosa  y a partir de ese momento perdimos la conciencia. Ya casi caía la tarde cuando desperté en la cama del hotel, a mi lado Aidé despertaba también, confundida preguntando dónde estábamos. Tratamos vanamente de reconstruir lo sucedido. Bajamos a la recepción, un hombre mayor que cumplía funciones múltiples, nos saludó.
_Pensé que aún estaban de paseo _ nos dijo.
Le contamos lo sucedido. El rostro del hombre se iba transformando a medida que relatábamos la experiencia vivida.
_Creo que  otra vez anda buscando un poco de compañía _dijo el hombre con un tono cargado de misterio.
_¿A qué se refiere? _le preguntamos casi al unísono.
Les voy a contar una vieja historia, pues creo que se ganaron el derecho a saberlo.
_Se dice que hace mucho tiempo el cacique de esta zona debía abandonar a sus cinco esposas para casarse con otras cinco. Él amaba a una de ellas, una hermosa joven llamada Mini, con quien decidió quedarse. El Consejo de Ancianos resolvió secuestrar a la joven y atarla en la punta de una piedra de un cerro. Esta medida contó con el 
apoyo del pueblo porque el caique no siguió las costumbres de la tribu. El cacique presentó pelea pero murió en ella,  y Mini murió de tristeza atada a la gran piedra, que comenzó a moverse porque su corazón continuaba latiendo.
En el año 1912 un 29 de febrero, se dice que su alma en pena escapó y que desde entonces vaga por estos lados buscando un poco de compañía.
El hombre terminó su relato y dijo _creo que se han topado con Mini.
Aidé y yo nos miramos, ella no dijo ni una palabra, simplemente subió al cuarto, armó las valijas y me pidió que regresáramos a Lanús. Desde aquel día jamás volvió a mencionar ese incidente.
Ely y Pablo permanecieron unos instantes callados, y simplemente  la niña le dijo y su padre: _es una historia increíble papi, entonces, ¿nos sacás la foto?
 Juan buscó un punto estratégico para tomar una fotografía perfecta. Ely y Pablo posaron, en medio de ambos como un testigo silencioso, el inmenso crucifijo. Juan apretó el botón de la Polaroid  y una intensa luz que semejaba dos extensos y poderosos brazos, repentinamente envolvió a los pequeños  y su espacio físico fue ocupado por  una estela luminosa que lentamente se fue esfumando. Azorado, Juan  cayó de bruces y allí permaneció inmóvil con la vista en el firmamento. En el piso cayó la instantánea en blanco y negro desde donde Ely y Pablo posaban para Aidé que los esperaba en Lanús, viendo el noticiero de Canal 7 donde transmitían la llegada del hombre por primera vez a la Luna… como siempre, con la mesa tendida.

Por Mabel Albondanza , Miguel Escobar y Gladis Vega.

1 comentario:

  1. En este cuento existen diversos niveles narrativos. En el relato de primer grado se cuenta la historia de dos primitos, Ely y Pablo, que salen de viaje desde Lanús a las sierras de Tandil acompañados por el padre de la niña. Aquí, lleva adelante el relato un narrador heterodiegético que adopta una focalización de grado cero. Este relato sirve de marco a la narración de uno de los personajes, Juan, el papá de Ely y tío de Pablo, en el que éste les cuenta a los niños las razones por las cuales Aidé no participa del viaje. Por lo que esta narración cumpliría la función explicativa. Este relato funciona también como una analepsis en la que Juan refiere el extraño episodio que vivió con Aidé en ese lugar. Dentro de este relato se enmarca un tercer nivel narrativo, a cargo del conserje del hotel que les cuenta a Juan y a Aidé la leyenda de la piedra movediza. Consideramos que este tercer nivel cumple una función explicativa con respecto al segundo, y una función predictiva con respecto al relato de primer grado. En ningún momento se produce la ruptura de estos niveles narrativos, es decir que no advertimos una metalepsis. Hay un intento de contaminación de los niveles a partir de esa “luz” que representaría la presencia de Mini, la protagonista de la leyenda, en dos niveles narrativos diferentes. Sin embargo, esa repetición no constituye metalepsis.
    En cuanto al espacio temporal en el que transcurren los hechos que corresponderían al presente narrativo, encontramos cierta incongruencia porque por un lado se habla de que el viaje tuvo lugar durante varios días, y por otro, Aidé los despide y espera su retorno dentro del mismo día (fecha del alunizaje). Sería interesante explorar, dentro de esta misma línea fantástica, una continuación en la que el personaje de Aidé haya quedado detenido en el tiempo.

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