viernes, 13 de diciembre de 2013

EL VIAJE



Ely apagó la campanilla del reloj despertador. Apenas había podido pegar los ojos. Se sentía muy ansiosa. ¡Por fin había llegado el día del viaje tan esperado! Repasó mentalmente el contenido de su bolso de viaje: cepillo de dientes, ropa interior, los pantalones viejos para tirarse en el pasto, la camisa de jean, el pulóver que le tejió la abuela. Sí, todo parecía estar en orden.
-¿Se habrá despertado Pablo? -se preguntó con preocupación. Desde la cocina se escuchaba la radio encendida. Su madre escuchaba como todas las mañanas, Rapidísimo, su programa favorito. Atravesó el estrecho pasillo que la conducía a la cocina de estilo americano. En la mesa, la espera su desayuno.
-Tomá le leche –le dijo Aidé sin mirarla, mientras lavaba los platos de la cena. El ruido de la vajilla bajo el chorro de agua se mezclaba con las risas estridentes que provenían de la radio.
-¿Pablo no llamó? Si no llega pronto vamos a salir tarde –dijo Ely- con un tono que denotaba su estado de ansiedad.
Aidé que había concluido de lavar los platos, se quitó el delantal y mientras se acomodaba la pollera le dijo a su hija: -¿siempre es lo mismo con vos? Llega el día “D” y te morís de los nervios.
En el garaje, Juan, un hombre alto y con actitud decidida revisaba detenidamente su Renault 4L. No podía dejar nada librado al azar. El viaje que los esperaba, era largo.  La voz de Pablo lo sobresaltó. –¿Todo listo, tío? Voy a buscar a Ely y nos vamos. Pablo desapareció antes de que Juan pudiera contestarle. Diez minutos después, los chicos aparecieron seguidos por Aidé que traía una cesta en la mano izquierda y un gran termo en la derecha.
Como trombas ambos niños subieron al  4L, la niña irradiaba felicidad, la frondosa cabellera que enmarcaba su rostro redondo con cachetes colorados  y su cuerpo menudo para sus diez años,  le daba un aire entre angelical y picaresco. Pablo, en cambio trataba de aparentar una calma que no tenía.
Aidé sostuvo la mano levantada hasta que vio desaparecer el auto en la distancia. Lentamente bajó la mano y se dirigió al interior de la casa.   Un extraño sentimiento de preocupación la embargaba.
El Renault como siempre, respondió. Marchaba lento pero firmemente. Juan encendió la radio. El último éxito de Los Beatles sonaba suavemente. El murmullo de los niños en el asiento trasero le hizo recordar aquellos viajes junto a sus padres y su hermano Luis a bordo de la estanciera gris. –¡veo, veo!  -¿Qué ves?  -Una cosa. -¿Qué cosa? –maravillosa. -¿De qué color? ¡Siempre me hacés trampa!, ¡no juego más! –¡Bueno, dale, no seas maricón, Luicito! Vamos a empezar de nuevo. El ritual del juego se repetía año tras año. Momentos dorados que quedaron grabados a fuego en su memoria. Hacía ya cinco años que Luis se marchó y todavía no podía acostumbrarse a su ausencia.       –Nos vemos en unas semanas –le había dicho aquel día que se marchó para encontrarse con la muerte. Todavía podía sentir el cálido abrazo con el que se habían despedido. -¿Falta mucho, pa? La pregunta lo arrancó  del trance.
-No nena, falta poco –respondió el padre con un rastro de tristeza en la voz.
Urgido por el cansancio de los niños, Juan pisó el acelerador. En los laterales del automóvil iban quedando las  formas difusas de los árboles y arbustos y delante la ruta parecía empequeñecerse. A la distancia comenzaban a asomarse las sierras misteriosas e imponentes, sus laderas pedregosas, agrestes simulaban gigantes cuerpos amorfos.
Presurosos se instalaron en la añosa hostería. Ely seguida por Pablo corría desesperada como si el paisaje tandilense fuera a desaparecer antes de que ellos  llegaran a disfrutarlo. Juan tomó su Polaroid y apuró el paso para alcanzarlos.
-Tío, ¿nos llevás a ver La piedra movediza? –inquirió Pablo. –No podemos irnos sin una foto, sería como no haber estado en Tandil –agregó.
-¡Claro!, no podemos perdernos de nada –respondió Juan. Tomó por los hombros al chico y la mano de su hija, colgó la cámara al cuello y se pusieron en camino.
Juan buscó un punto estratégico para tomar la fotografía perfecta. Ely y Pablo posaron. -¡Vamos!, ¡digan whisky!        -bromeó el improvisado fotógrafo para arrancarles una sonrisa. Apretó el botón de la Polaroid. Tomó la instantánea en blanco y negro, la sostuvo entre las manos, mientras se apretujaban para ver aparecer la imagen. Permanecieron con la vista fija en la fotografía tratando de descifrar de qué se trataba esa forma de contornos difusos que aparecía en el margen izquierdo de la foto. Impulsados por un repentino temor decidieron regresar a su alojamiento.
-¿Tan pronto de regreso? –les preguntó el conserje que era un antiguo poblador de la zona.
Le contaron lo sucedido y le mostraron la foto. Una sombra de temor se apoderó del rostro del hombre.
-Creo que otra vez anda buscando un poco de compañía -dijo el hombre con un tono cargado de misterio.
-¿A qué se refiere? – preguntó Juan.
Les voy a contar una historia, que hasta hoy, creí que sólo era una leyenda.
-Se dice que hace mucho tiempo el cacique de esta zona debía abandonar a sus cinco esposas para casarse con otras cinco. Él amaba a una de ellas, una hermosa joven llamada Mini, con quien decidió quedarse. El consejo de ancianos resolvió secuestrar a la joven y atarla en la punta de una piedra de un cerro. El cacique presentó pelea pero murió en ella, y Mini murió de tristeza atada a la gran piedra, que comenzó a moverse porque su corazón continuaba latiendo. Se dice que hace muchos años, su alma en pena escapó y que desde entonces vaga por estos lados buscando un poco de compañía.
El hombre terminó su relato y dijo –creo que se han topado con Mini.
Juan permaneció unos instantes callado, miró los rostros de los niños y vio sus ojos azorados y una profunda expresión de miedo. Dejó la instantánea en las manos del conserje y les dijo a los chicos –Vamos, nos volvemos hoy mismo a Lanús.
Unos minutos después, el 4L emprendió el regreso. Instintivamente, Ely y Pablo se dieron vuelta para mirar hacia atrás por el parabrisas trasero del vehículo y allí en la amplia escalinata de entrada a la hostería, una bella muchacha con aspecto espectral los miraba alejarse.

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