Ely apagó la campanilla del reloj despertador. Apenas había
podido pegar los ojos. Se sentía muy ansiosa. ¡Por fin había llegado el día del
viaje tan esperado! Repasó mentalmente el contenido de su bolso de viaje:
cepillo de dientes, ropa interior, los pantalones viejos para tirarse en el
pasto, la camisa de jean, el pulóver que le tejió la abuela. Sí, todo parecía
estar en orden.
-¿Se habrá despertado Pablo? -se preguntó con preocupación.
Desde la cocina se escuchaba la radio encendida. Su madre escuchaba como todas
las mañanas, Rapidísimo, su programa favorito. Atravesó el estrecho pasillo que
la conducía a la cocina de estilo americano. En la mesa, la espera su desayuno.
-Tomá le leche –le dijo Aidé sin mirarla, mientras lavaba
los platos de la cena. El ruido de la vajilla bajo el chorro de agua se
mezclaba con las risas estridentes que provenían de la radio.
-¿Pablo no llamó? Si no llega pronto vamos a salir tarde
–dijo Ely- con un tono que denotaba su estado de ansiedad.
Aidé que había concluido de lavar los platos, se quitó el
delantal y mientras se acomodaba la pollera le dijo a su hija: -¿siempre es lo
mismo con vos? Llega el día “D” y te morís de los nervios.
En el garaje, Juan, un hombre alto y con actitud decidida
revisaba detenidamente su Renault 4L. No podía dejar nada librado al azar. El
viaje que los esperaba, era largo. La
voz de Pablo lo sobresaltó. –¿Todo listo, tío? Voy a buscar a Ely y nos vamos.
Pablo desapareció antes de que Juan pudiera contestarle. Diez minutos después,
los chicos aparecieron seguidos por Aidé que traía una cesta en la mano
izquierda y un gran termo en la derecha.
Como trombas ambos niños subieron al 4L, la niña irradiaba felicidad, la frondosa
cabellera que enmarcaba su rostro redondo con cachetes colorados y su cuerpo menudo para sus diez años, le daba un aire entre angelical y picaresco.
Pablo, en cambio trataba de aparentar una calma que no tenía.
Aidé sostuvo la mano levantada hasta que vio desaparecer el
auto en la distancia. Lentamente bajó la mano y se dirigió al interior de la
casa. Un extraño sentimiento de preocupación la
embargaba.
El Renault como siempre, respondió. Marchaba lento pero
firmemente. Juan encendió la radio. El último éxito de Los Beatles sonaba
suavemente. El murmullo de los niños en el asiento trasero le hizo recordar
aquellos viajes junto a sus padres y su hermano Luis a bordo de la estanciera
gris. –¡veo, veo! -¿Qué ves? -Una cosa. -¿Qué cosa? –maravillosa. -¿De qué
color? ¡Siempre me hacés trampa!, ¡no juego más! –¡Bueno, dale, no seas maricón,
Luicito! Vamos a empezar de nuevo. El ritual del juego se repetía año tras año.
Momentos dorados que quedaron grabados a fuego en su memoria. Hacía ya cinco
años que Luis se marchó y todavía no podía acostumbrarse a su ausencia. –Nos vemos en unas semanas –le había
dicho aquel día que se marchó para encontrarse con la muerte. Todavía podía
sentir el cálido abrazo con el que se habían despedido. -¿Falta mucho, pa? La
pregunta lo arrancó del trance.
-No nena, falta poco –respondió el padre con un rastro de tristeza en la voz.
-No nena, falta poco –respondió el padre con un rastro de tristeza en la voz.
Urgido por el cansancio de los
niños, Juan pisó el acelerador. En los laterales del automóvil iban quedando
las formas difusas de los árboles y
arbustos y delante la ruta parecía empequeñecerse. A la distancia comenzaban a
asomarse las sierras misteriosas e imponentes, sus laderas pedregosas, agrestes
simulaban gigantes cuerpos amorfos.
Presurosos se instalaron en la
añosa hostería. Ely seguida por Pablo corría desesperada como si el paisaje
tandilense fuera a desaparecer antes de que ellos llegaran a disfrutarlo. Juan tomó su Polaroid
y apuró el paso para alcanzarlos.
-Tío, ¿nos llevás a ver La piedra movediza? –inquirió Pablo. –No podemos irnos sin una foto, sería como no haber estado en Tandil –agregó.
-Tío, ¿nos llevás a ver La piedra movediza? –inquirió Pablo. –No podemos irnos sin una foto, sería como no haber estado en Tandil –agregó.
-¡Claro!, no podemos perdernos de
nada –respondió Juan. Tomó por los hombros al chico y la mano de su hija, colgó
la cámara al cuello y se pusieron en camino.
Juan buscó un punto estratégico
para tomar la fotografía perfecta. Ely y Pablo posaron. -¡Vamos!, ¡digan whisky!
-bromeó el improvisado fotógrafo para
arrancarles una sonrisa. Apretó el botón de la Polaroid. Tomó la instantánea en
blanco y negro, la sostuvo entre las manos, mientras se apretujaban para ver
aparecer la imagen. Permanecieron con la vista fija en la fotografía tratando
de descifrar de qué se trataba esa forma de contornos difusos que aparecía en
el margen izquierdo de la foto. Impulsados por un repentino temor decidieron
regresar a su alojamiento.
-¿Tan pronto de regreso? –les
preguntó el conserje que era un antiguo poblador de la zona.
Le contaron lo sucedido y le
mostraron la foto. Una sombra de temor se apoderó del rostro del hombre.
-Creo que otra vez anda buscando
un poco de compañía -dijo el hombre con un tono cargado de misterio.
-¿A qué se refiere? – preguntó
Juan.
Les voy a contar una historia,
que hasta hoy, creí que sólo era una leyenda.
-Se dice que hace mucho tiempo el
cacique de esta zona debía abandonar a sus cinco esposas para casarse con otras
cinco. Él amaba a una de ellas, una hermosa joven llamada Mini, con quien
decidió quedarse. El consejo de ancianos resolvió secuestrar a la joven y
atarla en la punta de una piedra de un cerro. El cacique presentó pelea pero
murió en ella, y Mini murió de tristeza atada a la gran piedra, que comenzó a
moverse porque su corazón continuaba latiendo. Se dice que hace muchos años, su
alma en pena escapó y que desde entonces vaga por estos lados buscando un poco
de compañía.
El hombre terminó su relato y
dijo –creo que se han topado con Mini.
Juan permaneció unos instantes
callado, miró los rostros de los niños y vio sus ojos azorados y una profunda
expresión de miedo. Dejó la instantánea en las manos del conserje y les dijo a
los chicos –Vamos, nos volvemos hoy mismo a Lanús.
Unos minutos después, el 4L
emprendió el regreso. Instintivamente, Ely y Pablo se dieron vuelta para mirar
hacia atrás por el parabrisas trasero del vehículo y allí en la amplia
escalinata de entrada a la hostería, una bella muchacha con aspecto espectral
los miraba alejarse.
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