viernes, 6 de diciembre de 2013

Elefante Psi





A Javier le encantan los animales pero en donde vive no tiene lugar para mascotas y mucho menos para un elefante. Desde chico siempre le gustaron los elefantes. Es más, en el barrio en que vive no se ven animales. Algo rarísimo. Muchas familias y numerosas no tienen ni perros ni gatos.

De chico cuando leía “El principito” se enojaba porque un elefante estaba dentro de una boa. Y se la pasaba dibujando elefantes que aplastaban boas. Le gustaba dibujar todo tipo de animales.

Ayer estaba leyendo nuevamente El principito y miraba el muro blanquecino, casi impoluto que está a pasitos de la placita de su barrio varelense. Piensa lo aburrido que es mirar por su ventana y encontrar siempre ese muro vacío.  Piensa  en pintar algo. Algo que refleje en un solo impacto el mundo. O al menos su mundo. Que la gente se detenga y contemple la vida desde otra perspectiva. Recuerda a su  hermano mayor que dibujaba muy bien y le gustaba pintar paredes. Al principio pintaba frases sin sentido. Después algunas imágenes. Javier  siempre quiso saber qué se sentía pintar una pared con una frase o un dibujo. Pero nunca pasó de pintar las paredes de las casas que habitó. Lo mío pasa por la fotografía,  profesión que por suerte me da de comer- se enorgullece.

Cuando cumplió los diez años su papá le preguntó que quería de regalo.
     Pa, quiero un elefante. Respondió.
El padre siempre le  daba la misma respuesta: –Javi,  los elefantes son caros y difíciles de conseguir. Además no tenemos lugar donde meterlo. Sos chiquito y te puede aplastar.  Javier sólo quería uno. Lloraba desconsoladamente, sólo su madre lo consolaba.

Javier vuelve al presente y está decidido. Tiene  todos los pinceles, pinturas y aerosoles de varios colores y materiales necesarios para pintar su graffiti. Para que éste  le dé otros colores a su  vida cuando mire desde su ventana. Es extraño pero cuando pintó los primeros trazos no pudo dejar de pensar en su  infancia cuando tanto deseaba un elefante.  Recordó también a su mamá leyéndole “La noche del elefante”, por las noches en su cama. Cuando él estaba con cara larga ella  lo cargaba y le preguntaba con una frase de ese cuento ¿qué pasa que hoy andás más trompudo que de costumbre?

En pocas horas terminará de pintar esta obra que seguramente perdurará por mucho tiempo y la soledad que le  acosa desde que se murió la madre, de esa enfermedad que la aquejaba sin él darse cuenta. Habían transcurrido dos años ya de aquel día fatal. La creación de ese mural, por eso hoy deja la cámara y toma los pinceles y los aerosoles, esto  tal vez atenúe ese dolor.

Pasa un día entero dibujando y pintando. El  trabajo ya está terminado  incluye un elefante psicodélico, un dinosaurio de esos de cuellos largos más una gran flor  azul con vestigios de amarillos y un grupo de altos edificios. Una frase da vueltas en su cabeza, una canción “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron” y con el aerosol la estampa también en la pared. Una estafa sobrevuela en su mente.  La vida de su madre fue robada, él se siente estafado de amor.

  Al día siguiente, luego de terminar de trabajar llega a su casa. Se prepara unos mates y comienza a revelar las últimas fotos del partido que cubrió en cancha de Defensa y Justicia que cayó derrotado ante Banfield. Busca un disco de Pink Floyd y lo mete en la computadora. Extrañamente, suena esa canción que reconoció rápidamente “soy lo que dejaron,  soy toda la sobra de lo que se robaron”. Es Latinoamérica de Calle 13. No puede quitarse esos sonidos de la cabeza y se desmaya.

 El joven fotógrafo, nacido en Varela, el lugar donde nació también su madre,  vuelve en sí gracias a la ayuda de su hermano que pasó a visitarlo. Lo acompaña, cenan, charlan del partido que perdió Defensa y se despiden. Pero antes se para frente a una ventana que da a la vieja pared pintada, y sin querer empieza a contarle a Pablo, su hermano menor, lo que estuvo sintiendo en esos días. Le contó que escuchó sin proponérselo cuando estaba pintando esa canción y a la vez se le venía el rostro de su madre, también le habla de su temor. Teme que al intentar escuchar un disco de Pink Floyd pase nuevamente lo que antes.
El hermano le dice: ¿Qué, es por mamá? Y sigue: -Justo hoy se cumplen dos años sin ella. Yo también sentí su ausencia, sentí una especie de  presentimiento, vine urgente a tu casa y te encontré en el suelo.
Pablo no cuestiona las sensaciones de su hermano y le dice que lo llamé inmediatamente si se mantienen sus miedos. Se despide preocupado porque tiene que atender a su familia.

Una vez solo, Javier coloca un disco, otro disco y otro y la canción es única, es la misma Latinoamérica.

      Javier que no puede imaginar, ni recordar  pero lo intenta y bucea en su mente. Cómo llegó esa canción a su vida y cómo se estaba apoderando de ella. Ahora recuerda, fue su madre quien se la recomendó apenas había sido el primer corte de difusión del disco de Calle 13.  En la madrugada, sin saber por qué se dirigió a la  plaza inerte, desolada, sin que nadie la camine por sus largos senderos. Se detuvo nuevamente ante esas imágenes que hace poco había pintado. Sin embargo,  en las penumbras de la mañana parecían más vivas que nunca. Con la cámara al cuello y en cuclillas contempló cada color, cada contorno, cada imagen que salió de su cabeza.  No hizo falta una foto. Se liberó de esa carga que significaba esa canción, volvió a ser niño cuando recordó la imagen de su madre consolándolo porque su padre no quiso comprarle el elefante.

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