A Javier le encantan los animales pero en donde
vive no tiene lugar para mascotas y mucho menos para un elefante. Desde chico
siempre le gustaron los elefantes. Es más, en el barrio en que vive no se ven
animales. Algo rarísimo. Muchas familias y numerosas no tienen ni perros ni
gatos.
De chico cuando leía “El principito” se enojaba
porque un elefante estaba dentro de una boa. Y se la pasaba dibujando elefantes
que aplastaban boas. Le gustaba dibujar todo tipo de animales.
Ayer estaba leyendo nuevamente El principito y
miraba el muro blanquecino, casi impoluto que está a pasitos de la placita de
su barrio varelense. Piensa lo aburrido que es mirar por su ventana y encontrar
siempre ese muro vacío. Piensa en pintar algo. Algo que refleje en un solo
impacto el mundo. O al menos su mundo. Que la gente se detenga y contemple la
vida desde otra perspectiva. Recuerda a su
hermano mayor que dibujaba muy bien y le gustaba pintar paredes. Al
principio pintaba frases sin sentido. Después algunas imágenes. Javier siempre quiso saber qué se sentía pintar una
pared con una frase o un dibujo. Pero nunca pasó de pintar las paredes de las
casas que habitó. Lo mío pasa por la fotografía, profesión que por suerte me da de comer- se
enorgullece.
Cuando cumplió los diez años su papá le preguntó
que quería de regalo.
– Pa, quiero un elefante. Respondió.
El padre siempre le
daba la misma respuesta: –Javi,
los elefantes son caros y difíciles de conseguir. Además no tenemos
lugar donde meterlo. Sos chiquito y te puede aplastar. Javier sólo quería uno. Lloraba
desconsoladamente, sólo su madre lo consolaba.
Javier vuelve al presente y está decidido.
Tiene todos los pinceles, pinturas y
aerosoles de varios colores y materiales necesarios para pintar su graffiti.
Para que éste le dé otros colores a
su vida cuando mire desde su ventana. Es
extraño pero cuando pintó los primeros trazos no pudo dejar de pensar en su infancia cuando tanto deseaba un
elefante. Recordó también a su mamá
leyéndole “La noche del elefante”, por las noches en su cama. Cuando él estaba
con cara larga ella lo cargaba y le
preguntaba con una frase de ese cuento ¿qué pasa que hoy andás más trompudo que
de costumbre?
En pocas horas terminará de pintar esta obra que
seguramente perdurará por mucho tiempo y la soledad que le acosa desde que se
murió la madre, de esa enfermedad que la aquejaba sin él darse cuenta. Habían transcurrido
dos años ya de aquel día fatal. La creación de ese mural, por eso hoy deja la
cámara y toma los pinceles y los aerosoles, esto tal vez atenúe ese dolor.
Pasa un día entero dibujando y pintando. El trabajo ya está terminado incluye un elefante psicodélico, un
dinosaurio de esos de cuellos largos más una gran flor azul con vestigios de amarillos y un grupo de
altos edificios. Una frase da vueltas en su cabeza, una canción “soy lo que dejaron, soy toda la sobra de lo que se robaron” y
con el aerosol la estampa también en la pared. Una estafa sobrevuela en su
mente. La vida
de su madre fue robada, él se siente estafado de amor.
Al día
siguiente, luego de terminar de trabajar llega a su casa. Se prepara unos mates
y comienza a revelar las últimas fotos del partido que cubrió en cancha de
Defensa y Justicia que cayó derrotado ante Banfield. Busca un disco de Pink
Floyd y lo mete en la computadora. Extrañamente, suena esa canción que
reconoció rápidamente “soy lo que
dejaron, soy toda la sobra de lo que se
robaron”. Es Latinoamérica de
Calle 13. No puede quitarse esos sonidos de la cabeza y se desmaya.
El joven
fotógrafo, nacido en Varela, el lugar donde nació
también su madre, vuelve en sí
gracias a la ayuda de su hermano que pasó a visitarlo. Lo acompaña, cenan,
charlan del partido que perdió Defensa y se despiden. Pero
antes se para frente a una ventana que da a la vieja pared pintada, y sin
querer empieza a contarle a Pablo, su hermano menor, lo que estuvo sintiendo en
esos días. Le contó que escuchó sin proponérselo cuando estaba pintando esa
canción y a la vez se le venía el rostro de su madre, también le habla de su
temor. Teme que al intentar escuchar un disco de Pink Floyd pase
nuevamente lo que antes.
El hermano le dice: ¿Qué, es por mamá? Y sigue:
-Justo hoy se cumplen dos años sin ella. Yo también sentí su ausencia, sentí
una especie de presentimiento, vine urgente
a tu casa y te encontré en el suelo.
Pablo no cuestiona las sensaciones de su
hermano y le dice que lo llamé inmediatamente si se mantienen sus miedos. Se despide
preocupado porque tiene que atender a su familia.
Una vez solo, Javier coloca un disco, otro disco y
otro y la canción es única, es la misma Latinoamérica.
Javier
que no puede imaginar, ni recordar pero
lo intenta y bucea en su mente. Cómo llegó esa canción a su vida y cómo se
estaba apoderando de ella. Ahora recuerda, fue su madre quien se la recomendó apenas había sido el
primer corte de difusión del disco de Calle 13. En la madrugada, sin saber por qué se dirigió
a la plaza inerte, desolada, sin que nadie la camine por sus largos senderos. Se
detuvo nuevamente ante esas imágenes que hace poco había pintado. Sin embargo, en las penumbras de la mañana parecían más
vivas que nunca. Con la cámara al cuello y en cuclillas contempló cada color,
cada contorno, cada imagen que salió de su cabeza. No hizo falta una foto. Se liberó de esa
carga que significaba esa canción, volvió a ser niño cuando recordó la imagen de
su madre consolándolo porque su padre no quiso comprarle el elefante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario